En la muerte de Ettore Scola, maestro
del cine italiano
El hombre en la historia
Leo
que hace dos días, 19 de enero de 2016, murió a los 84 años de edad el director
de cine italiano Ettore Scola. No soy amigo de necrológicas, especialmente en
el caso de tratarse de amigos o conocidos, cuyo fallecimiento siento como dolor
íntimo sin deseo de exteriorizarlo. No es, sin embargo, este el caso, pues mi
única relación con Scola es la que se deriva de la admiración por su obra y del
respeto por su figura pública y política. Todo ello me alienta a escribir estas
líneas, que no pretenden ser sino el apresurado recordatorio de un cineasta de
singular talento y un hombre de inquebrantable voluntad progresista. Con que
alguien vuelva a ver, o vea por primera vez, alguna de sus películas como
consecuencia de estas líneas me doy por satisfecho. El arte de los artistas es
lo que debe perdurar de ellos, porque si miramos bien dentro de él encontraremos
también los rastros para conocer las personas que fueron sus autores.
No
voy a contar su biografía, que se puede encontrar fácilmente en Internet y que ayer
y hoy todos los periódicos han resumido. Sí quiero referirme a un aspecto de su
vida que las necrológicas apenas destacan y que, no obstante, creo que es
relevante, en tanto en cuanto está íntimamente relacionado con sus películas,
aunque no de la manera simplista que parecen destacar algunos periodistas.
Ettore
Scola era un rojo en el más pleno significado de la palabra, militante durante
largos años del PCI, de cuyo “gobierno en la sombra” fue Ministro de Cultura en
la esperanzada etapa de Enrico Berlinguer, cuando el famoso sorpasso parecía estar en la palma de la
mano de los comunistas italianos.
Encuentro
en varios artículos que, tal vez a causa de su militancia política, se califica
su trabajo como cine militante, una
clasificación, que, por cierto, parece ser que no le gustaba mucho al cineasta,
que como persona inteligente prefería matizar las apariencias. “Militante es una palabra que nunca me ha
gustado. En el trabajo que hago se transmiten mis ideas; si no, no sería una
obra de autor. Cuando filmo películas específicamente políticas, incluso
documentales para el Partido Comunista, están en ellas mis convicciones
estéticas. Y en el cine que parece más profesional, como en ‘Un italiano en
Chicago’ están mis convicciones políticas”, declaró hace algún tiempo al
periodista Gregorio Belinchón, que ayer lo reproducía en su crónica de El País,
que, pese a la claridad del director tituló “Fiel retratista de Italia, con él se despide un cine militante, un cine
que hablaba con y sobre la calle”.
Es
cierto que Scola realizó películas directamente militantes, sobre todo en el
terreno del documental, como sus trabajos de 1971 y 1972 sobre la Fiesta de L’Unita, la
celebración anual del PCI, o el que dedicó, en colaboración con un numeroso
grupo de cineastas comunistas, al entierro de Enrico Berlinguer en 1974. Sin
embargo, en el conjunto de su filmografía, que incluye cuarenta películas como
director, escritas por lo general por él mismo, jamás aparece directamente esa
militancia, bien sea como consigna, incitación o proclama, sino, en todo caso,
como sustrato ideológico desde el que afrontó las muy diversas historias que
quiso contar en sus películas. No es ese el tema de su cine, sino el sustrato
analítico desde el que lo elabora.
Si
hay una preocupación temática fundamental en las películas de Ettore Scola es
lo que podríamos definir como la situación del ser humano en el contexto de la Historia , entendiendo
ambos conceptos en un sentido no estático, sino dinámico. La memoria como
elemento de relacionar el pasado con el presente y explicar la influencia de
los momentos históricos en la evolución y el comportamiento de las personas que
pueblan sus películas.
Desde
el primero de sus filmes que alcanzó resonancia internacional, “Una mujer y tres hombres” (1974), sobre tres
camaradas de la resistencia antinazi que se reencuentran treinta años después
para comprobar que nada es lo que era, hasta el último, “Qué extraño llamarse Federico” un documental creativo sobre su
amigo Federico Fellini rodado apenas hace dos años, está presente en el cine de
Scola la memoria como motor de la historia. Sus personajes son personas
enfrentadas a su pasado, que les ha hecho lo que son y que a veces les exige
cuentas. Lo suyo es indagar en el paso del tiempo como constructor de una
sociedad y unos hombres y mujeres que son lo que son porque antes fueron lo que
fueron; aunque ya hayan dejado de serlo.
Siendo
esa relación entre el hombre y la historia el “tema” fundamental en la obra de Ettore Scola, pienso que su valor más
destacable como artista se encuentra en la manera que lo abordó, siempre desde
la imprescindible exigencia estética de que todo artista debe tener. Su
territorio expresivo fue a menudo el del riesgo creativo, abordando lenguajes
cinematográficos complejos y desafíos expresivos que en las mejores de sus
películas abordaban notables audacias formales y, sobre todo, narrativas.
No
conozco la filmografía completa de Ettore Scola, pero las películas que
conozco, todas las que se han puesto a ojo, son todas buenas o, cuando menos
apreciables, y algunas de ellas se mueven, a mi entender, en ese territorio
indefinible de las obras maestras. Tal vez sea tan sólo cuestión de gusto
personal, porque curiosamente confluyen en ellas las constantes temáticas del
artista y los desafíos narrativos, sus cualidades que más aprecio. No las he
encontrado completas, así que enlazo algún fragmento de cada una, si bien se
pueden descargar con facilidad en las páginas especializadas.
“Una jornada particular” (1977) narra el encuentro entre un ama de casa
agobiada y explotada (una Sofía Loren que hasta nos hace creer que es el
mismísimo personaje que representa) y un periodista homosexual y antifascista,
Marcello Mastroniani en su faceta más convincente. La acción transcurre a lo
largo de un solo día, el 3 de mayo de 1938, fecha en la que Hitler visitó a
Mussolini en Roma, y en un único decorado, una enorme edificio de vecindad cuyos
habitantes han dejado vacío para acudir a vitorear el encuentro de los dos
dictadores. En ese tiempo y en ese espacio, Scola no sólo cuenta una historia
estremecedora sobre las dificultados del amor en un tiempo histórico
determinado, sino que nos plantea la reivindicación de la felicidad en
cualquier momento y situación como objetivo irrenunciable del género humano, a
más de otras muchas anotaciones formales y emocionales a pie de página.
“La familia” (1987). En el único decorado de una casa familiar, cuyo
pasillo es el eje de la evolución temporal del argumento, la mirada lúcida de
un estupendo Vittorio Gassman contempla la evolución de su familia durante 80
años, mientras de fondo oímos sonar el paso del fascismo, la guerra, la llegada
de los americanos, la democracia cristiana o el desarrollismo. Una película
diseñada con tiralíneas y desarrollada con pasión.
“El baile” (1983). La historia de Italia contada a través de un salón de
baile y quienes lo frecuentan a lo largo de los años. No hay otro decorado. No
han personajes estrictos, sino tipos representativos. No hay ni una sola palabra
hablada. Las vestimentas, los peinados y maquillajes, los ritmos musicales, las
evoluciones de los clientes, sus coqueteos, sus gestos, su chulería o timidez,
sus enamoramientos y desplantes, retratan con nitidez la evolución de toda una
sociedad a lo largo de sus momentos históricos contemporáneos.
“Gente de Roma” (2003). Retrato de la ciudad a lo largo de un día a través de
la actividad, gestos, discusiones, trabajos, desplazamientos, y conversaciones
intrascendentes de una miriada de insignificantes personajes que en solitario
apenas son nada pero que mostrados en conjunto alcanzan la dimensión magnífica de
un fresco románico.
Podría
citar muchas otras películas de Ettore Scola que me parecen excelentes, “Una mujer y tres hombres” (1974), “Brutos, feos y malos” (1976), “La noche de Varennes” (1982), “Splendor” (1989) o “La cena” (1998), entre otras, pero ya basta, que esto crece y me
conozco.
Eso
sí, como broche final os recomiendo encarecidamente que veáis la pieza que
finaliza este recuerdo de Ettore Scola, que me parece una perfecta fusión
sintetizada de las dos características basicas de su cine, el hombre en el
mundo y la ambición estétioca. Se trata de un cortometraje. Sólo ocho minutos
de duración en los que el viejo cineasta reflexionaba sobre el pasado y el
presente, homenajeaba al cine italiano y, sobre todo, elaboraba una hermosa
metáfora sobre la cultura como refugio frente a la barbarie. Se estrenó el 27
de enero de 1997 en el Palacio del Quirinal, residencia del Presidente de La República , como
celebración del Día de la Memoria. En
un explicito y citado homenaje a “Mamma
Roma”, un niño escapa de una redada de los nazis refugiándose en un cine.