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jueves, 6 de junio de 2013

1986. Joaquín Sabina entrando en el Olimpo







En cualquier forma de arte es difícil encontrar artistas que unan al favor del público la aquiescencia de la crítica, rizando el rizo en el caso de que esa situación se prolongue en el tiempo más allá del éxito momentáneo. Y si eso pasa en la cultura en general, más aún en el terreno de la música popular, que como la Quina Santa Catalina es medicina y es golosina, arte y mercancía.

No son frecuentes, pues, casos como el de Serrat, o si nos ponemos, el de Raphael, instalados en el Olimpo de la aceptación popular desde tiempo ya inmemorial y despertando año a año el entusiasmo de nuevos seguidores. En 1986 Joaquín Sabina dio ese paso difícilmente racionalizable que lleva de ser un cantante conocido, con un público abundante y fiel, a convertirse en un ídolo de masas. De alguna manera fui testigo de ese proceso que quedo reflejado en las tres reseñas de otros tantos recitales que sobre él publique en EL PAÍS en el breve espacio de apenas nueve meses. La primera es de una actuación en Elígeme cuando ya contaba con la popularidad suficiente como para que la cita fuera un homenaje a tiempos ya pasados, la segunda es de dos meses después en el Teatro Salamanca, que fue su llamada a las puertas del cielo, y las dos últimas dedicadas a su entrada definitiva en el Olimpo con su primer recital en la plaza de toros de Las Ventas. Lo demás vino después.




EL PAÍS. 28 DIC 1985

Los cantantes españoles vuelven a los pequeños locales; algunos para encontrar sitios donde actuar con regularidad, otros, como Joaquín Sabina, para reencontrarse con un público que en los últimos años habían visto sólo desde lejos, aislado en los grandes escenarios de plazas de toros o locales deportivos. La apertura de nuevos locales, como Elígeme, en el que Sabina ha presentado sus baladas, o el café Maravillas, 10 números más abajo de la misma calle, están consiguiendo, con programación inteligente y nada dogmática, que público y músicos reinventen el placer de escuchar dialogando, al tiempo que han reverdecido la marchita atención hacia otros locales como Manuela, Avalón, Toldería o Rincón del Arte Nuevo.

En Elígeme presentó Sabina un concierto de título provocador, Vivan las baladas, muera el Rock and Roll, interpretando, con Pancho Varona a la guitarra y Javier Martínez haciéndole voces, algunas de sus composiciones lentas que no suele tocar en los recitales normales y añadiendo un par de homenajes a Javier Krahe y Jaume Sisa. Temas como El joven aprendiz de pintor, Calle melancolía, o El caballo de cartón, que se encuentran entre lo mejor que ha compuesto.

De la balada al 'rock'

Pero como sabe Sabina, la balada es consustancial con el Rock. Que se lo pregunten a Mike Jaegger cuando canta Angie, al Paul McCarney de Yesterday o al Sting de Rossane, por citar tan sólo tres ejemplos ilustres. Y también porque los miembros del grupo Viceversa, con buen criterio, no se lo permitieron, y en el final de Incompatibilidad de caracteres entraron en tromba el resto de los miembros del grupo -el batería Paco Beneyto, el guitarrista Manolo Rodríguez y el teclista Álvaro Peire- para poner las cosas en su sitio con la potencia que les caracteriza y convertir la trampa semántica del título del espectáculo en una gozosa noche de baladas y Rock and Roll.
Comentaba Sabina tras la actuación que se había sentido más nervioso que nunca, desacostumbrado ya a tocar mezclado con el público y lejanos los tiempos en que comenzaba en La Mandrágora. No se notó desde el privilegiado puesto de espectador que ofrecía la cercanía. Como sufrido espectador, sometido demasiado a las incomodidades e inconvenientes de los conciertos multitudinarios al aire libre, que parecen haberse convertido en el único escenario posible donde escuchar cualquier tipo de música popular, es de agradecer la cercanía que permite un local de pequeñas dimensiones.

La percepción de la música es absolutamente distinta, la comunicación con el cantante diferente. Ante toda obra musical apetecible se siente la inevitable atracción de escucharla encerrado con el cantante en el salón de casa, de tú a tú, sin la distancia que establecen las vallas de seguridad o las 100 filas que hay delante. Así, con la bebida del bajista cayendo encima y el bombo de la batería resonando a un metro del oído, este cronista vivió una de las más gozosas actuaciones en mucho tiempo.





EL PAÍS. 17 FEB 1986

Dos formas habría de enfocar esta crónica: como un relato pormenorizado de dos noches de muchas canciones, abundantes invitados y felices sorpresas, o como un comentario del trabajo que Joaquín Sabina ha venido desarrollando a lo largo de diez años y que alcanzó en los recitales del teatro Salamanca la mayoría de edad, artística y de éxito. Resulta difícil sustraerse a cada una de estas facetas. Joaquín Sabina tomaba con este recital una fuerte responsabilidad sobre sus hombros: hacía un recital especial, con invitados y un marcado movimiento en escena, y además, aprovechaba para grabar un álbum en directo y hacer un especial de televisión. Nervios, pues, en los momentos iniciales del primer día, que se fueron calmando a lo largo de la noche y que, en el segundo pase, con menos invitados y más público que acudía simplemente para divertirse, alcanzó toda su dimensión.

Ricardo Solfa, galáctico y polifacético intérprete que demostró un absoluto dominio del oficio; Javier Krahe, que hizo las delicias del público con un irónico y demoledor panfleto anti-Otan; Luis Eduardo Aute y su intercambio de saludos musicales con Sabina, y Javier Gurruchaga, histriónico, inteligente y arrollador rockero, como siempre, fueron las guindas de una noche de fiesta. Joaquín Sabina y Viceversa pusieron el resto, es decir, prácticamente todo.

Diez años han pasado desde la edición de su primeras canciones en un libro londinense. Una etapa de cantautor clásico en Londres, su vuelta a España y el enfrentamiento con una realidad que superaba con mucho los esquemas, el triunfo en la Mandrágora, y una rápida carrera hacia arriba cuando sacó a relucir el rockero que hay en él, constituyen los puntos culminantes de la trayectoria de Joaquín Sabina. Quizá su mayor virtud sea haber encontrado en este viaje la manera de ser un cantautor adulto, que tiene cosas que decir y las dice con el lenguaje adecuado, rompiendo, como están haciendo otros, la falsa dicotomía entre madurez y modernidad.

Un lenguaje de hoy día, capaz de conectar con los más jóvenes, pero que no abdica de la necesidad de ofrecer con rigor una manera compleja, rica y meditada de entender el mundo que le rodea. Sus canciones van surgiendo como un retrato inmisericorde de ese lado oculto de la vida que es la marginación, pero también de la cotidianidad de los pequeños hechos y sentimientos, no menos ocultos por el aluvión de lugares comunes y estereotipos que suelen poblar las canciones populares, por las máscaras de carnaval que cada día del año los ocultan.

Hable de delincuentes habituales, retrate el nuevo Madrid de la democracia o cante los amores propios o ajenos, en sus canciones se encuentra el olor y el color de la calle y las gentes que la pueblan. El público reacciona ante ello, se ve retratado con fidelidad, sin moralina, pero con moralidad, y se ve arrastrado por un excelente trabajo en escena.

Ha ido adquiriendo Joaquín Sabina en los últimos años el dominio del escenario que quizá faltaba en sus primeros intentos de fundir canción de autor y rock. La soltura en los movimientos y la facilidad en la comunicación son los ingredientes que necesitaba para hacer creíble su actitud ante el micrófono y sacar todo el jugo a sus actuaciones.

Joaquín Sabina y Viceversa es algo más que un cantante con un grupo de acompañamiento; es un todo único e indisoluble que se ha cohesionado a la perfección. Viceversa suena con la solidez de los mejores grupos y tienen plena ocasión de demostrarlo al servicio de unas canciones construidas con minuciosidad e inteligencia. La incorporación de Marcos Mantero a los teclados, un músico veterano, contribuye de manera importante en el resultado final de un sonido compacto y sin fisuras.




 EL PAÍS. 6 SEPTIEMBRE 1986

Unas 20.000 personas abarrotaron anoche la plaza de toros de Madrid en el recital de Joaquín Sabina, con el que se cerraba los Veranos de la Villa madrileña. Desde las siete de la tarde el público formaba una ordenada cola, y no terminó de entrar hasta pasadas las once de la noche, a los 20 minutos de comenzar el recital. En medio de un ambiente relajado, y con la canción Pongamos que hablo de Joaquín, de Luis Eduardo Aute, de prólogo sonoro, hizo su aparición el cantante, que con un saludo taurino, como correspondía a la ocasión y al local, dio la bienvenida con Ocupen su localidad. Durante más de dos horas Joaquín Sabina confirmó la alternativa de formar parte del reducido grupo de cantantes que llenan el coso taurino madrileño.

En el último año el público que acude a ver a Joaquín Sabina se ha multiplicado a ojos vistas. La grabación del doble álbum Joaquín Sabina y Viceversa en directo, y la subsiguiente gira veraniega, en la que han hecho ya más de 70 actuaciones con acogidas multitudinarias, constituyen el punto más alto de una carrera iniciada hace más de 10 años.
Cantante del exilio, Joaquín Sabina inició su carrera en Londres actuando en pubs, bares y recitales culturales y políticos, dando a conocer sus primeras canciones que grabaría ya en España, en 1978, en su disco Inventario, un trabajo que pasó sin gran repercusión y que el propio cantante prefiere olvidar en la actualidad.

Tras su actuaciones junto a Alberto Pérez y Javier Krahe en el local La Mandrágora, de Madrid y su aparición en el programa televisivo Esta noche de Fernando García Tola, adquirió un prestigio que reafirmaron sus trabajos posteriores y convalidó cuando en 1983 se rodeó de una banda eléctrica, del grupo Viceversa, con el que graba y actúa y se acompaña en actuaciones desde entonces.

Cuando era más joven, El joven aprendiz de pintor, Juana la loca y Wisky sin soda, entre otras, fueron canciones interpretadas por Joaquín Sabina, que con Pongamos que hablo de Madrid alcanzó el mayor punto de entrega y emoción de un público variopinto y heterogéneo.

Manolo Rodríguez y Pancho Verona a las guitarras, Javier Martínez al bajo, Paco Beneyto a la batería, Marcos Mantero tocando los teclados y Teri Carrillo haciendo voces, acompañaron al cantante en una noche de creciente entusiasmo. Las historias urbanas con ritmos de rock que canta Joaquín Sabina, fueron impregnando la noche en una plaza de toros en la que apenas quedaba sitio para hacer otra cosa que escuchar, dar algún salto que otro, encender bengalas y aplaudir. Unos cientos de personas que no consiguieron entrar intentaron seguir el recital hasta el final escuchando desde la puerta los ecos de la música que sonaba en el interior.




EL PAÍS. 8 SEP 1986


La plaza de toros de Madrid se ha convertido en los últimos años en el escenario obligado para confirmar éxitos y reafirmar famas. Con notable deformación de lo que la música debería representar, llenar la plaza de toros se convierte automáticamente en signo de haber llegado a la cumbre, de ser el mejor, y lo que resulta lógico y normal, que el cantante intente llegar a la mayor cantidad posible de personas, se convierte, en la mayoría de los casos por intereses ajenos a los propios cantantes, en una inútil competición. Joaquín Sabina un día, y Víctor Manuel y Ana Belén el siguiente, llenaron hasta la bandera el coso taurino de Las Ventas. La prueba ha concluido, lo que queda después es el eco de dos recitales de primera y la magia de ese fenómeno extraño e irrepetible que es siempre la plena comunicación entre el escenario y el público. Públicos parecidos, en cuanto que tanto uno como otros consiguen reunir a su alrededor gente de edades y condiciones bien diversas, pero diferenciados claramente entre sí: más moderno el público de Sabina, más concienciado el de Víctor y Ana.

Joaquín Sabina sale a escena con los arrestos de un luchador de la calle que concelebra reunión con sus colegas. Sus canciones son cuadros concisos y nítidos del lado más negro de la vida urbana, canciones que invitan a la subversión desde la constatación de lo que sucede alrededor, terrible y poético en su inevitable crudeza, y Sabina las canta desnudándolas de todo protocolo y dramatismo, como si de una conversación se tratase. El excelente estilo que el grupo Viceversa demuestra poseer cada vez de manera más clara da a las canciones el punto exacto de tensión que el rock permite y las canciones precisan, aunque un sonido un poco oscuro en general emborronara ligeramente la actuación.

Si Joaquín Sabina cumple para su público el papel del hermano calavera y rebelde al que se admira y se quiere imitar, Víctor Manuel y Ana Belén son los amigos con los que siempre resulta apasionante cenar una tabla de quesos y charlar de la manifestación del siguiente domingo.

Dos en uno

Los dos cantantes, que tienen líneas artísticas personales bien definidas, se van fundiendo a lo largo del recital hasta formar un todo homogéneo que deriva, precisamente, de que ambos dicen cosas diferentes y ofrecen imágenes distintas, que se complementan. En el desarrollo de ese mecanismo de identificación que siempre se da entre cantante y espectador, Víctor y Ana dan una sensación de seguridad, arropada por la perfección de un espectáculo medido y exacto, que el público capta y comparte con fruición. Con un plantel de músicos difícilmente mejorable en el panorama de la música popular que hoy se hace en España, un sonido simplemente perfecto, unas imágenes cinematográficas sugerentes y ricas proyectadas sobre una pantalla --realizadas con inteligencia y sensibilidad por Gerardo Vera-- y con la seguridad de interpretar buenas canciones que ya han pasado la prueba del reconocimiento colectivo, Víctor Manuel y Ana Belén construyen un recital impecable.

Dos sombras, no obstante, sobre el resultado final: la estructuración un tanto lineal de los temas, sólo rota en los minutos finales y en los bises, cuando cantaron las canciones más fuertes y bailables; y el peligro de trivialización que todo gran espectáculo de masas lleva consigo y en el que Víctor y Ana incurren en un par de ocasiones, en la interpretación de Sólo le pido a Dios, una especie de himno del argentino León Giecco, que convierten en algo parecido a una marcha, y en la de La puerta de Alcalá, una canción bien construida pero un tanto fácil, que el arreglo y la interpretación, incluso la ilustración cinematográfica con que la acompañan, cargan de una evidencia innecesaria.

Dos noches de éxito. Un cantautor que convalidaba su bien ganado éxito y dos primeros nombres de la música española que reafirman una vez más que las cosas bien hechas son imprescindibles. Una reflexión final con el recuerdo de los huesos doloridos todavía presente: hay recitales que deben escucharse sentado y cómodo.







domingo, 28 de abril de 2013

JOAQUIN SABINA-JAVIER KRAHE


Sabina y Krahe. Entrevista conjunta. 1985








En 1985 Sabina estaba ya en el disparadero de su imparable camino hacia el éxito multitudinario. Krahe seguía siendo un rara avis con vocación de permanencia. En EL PAÍS quisieron que los juntara en una entrevista para hablar de cómo habían llegado hasta allí.






Ambos salieron a la luz pública en el mismo momento; ambos tenían tras de sí una prolongada estancia en el extranjero, del que llegaron en el momento justo al sitio preciso; ambos vivieron en La Mandragora una experiencia renovadora y refrescante que sorprendió a propios y ajenos; ambos tienen el mismo número de álbumes editados, y ambos reflexionan en sus canciones, desde diferente perspectiva, sobre la misma realidad: las miserias, desventuras y esperanzas de personajes que se mueven entre la incertidumbre, el dolor y el esperpento en una piel de toro que pierde sus contornos.

No son un dúo y, sin embargo, se les ve a menudo juntos. Ni Juan y Júnior, ni Daoiz y Velarde, ni Romeo y Julieta, ni siquiera Carmen Morel y Pepe Blanco. Son tan sólo Joaquín Sabina y Javier Krahe, dos cantautores de magra figura y afilada guitarra. Son amigos y viven en Madrid, ciudad de la que vienen dando una foto robot con sus canciones entrañables o crueles. ¿Cómo hablar de los dos juntos, pero sin mezclarlos? Con Joaquín Sabina hablamos en el restaurante del Café Gijón, entre nobles maderas que recuerdan en su vetustez viejas tertulias de poetas habladores a la hora del café. Al final llega Javier y todavía tenemos tiempo de comentar la corrida de Antoñete que se celebraba aquella tarde y las excelencias de Javier López de Guereña como guitarrista. Para hablar con Javier Krahe vamos a su casa. Joaquín está presente y de cuando en cuando aporta su palabra para concretar una idea, redondear una frase o hacer una pregunta.

“Soy de las pocas personas que reconoce no sentir ninguna nostalgia por su infancia, absolutamente ninguna", dice Joaquín Sabina recordando sus primeros años en Úbeda, un pueblo de Jaén de hermosas calles y arquitectura monumental que aún le sigue recordando un patio de cuartel, quizá por el entorno familiar cerrado y autoritario en el que se movía. "Mi vida consciente empieza en Granada, adonde me trasladé en 1966 para estudiar filología hispánica, después de haber hecho preu en Úbeda", continúa. En Granada se vivía en aquellos tiempos una especial euforia cultural. El poeta Juan de Loxa había puesto en marcha Poesía 70, revista y programa de radio que tuvieron una incidencia importante entre los jóvenes poetas y cantantes que empezaron a agruparse alrededor del grupo Manifiesto Canción del Sur. En él participó algún nombre de la canción que hoy continúa en activo, como Carlos Cano; algún otro que se perdió en el camino, como Antonio Mata, y aun otros que siguen, con la esperanza del primer día, luchando por hacerse un hueco en el cielo de los cantantes, como Raúl Alcover. Joaquín Sabina todavía no había iniciado su trabajo de intérprete y compositor.

"En aquel tiempo, todavía no componía canciones", continúa hablando, mientras en el plato se le enfría la comida por culpa del insistente magnetófono, que, para mayor vergüenza, dejó sin grabar una parte de la conversación. "Yo estaba en un grupo de teatro, y lo que hacía era tocar la guitarra en las escenificaciones de poetas que hacíamos. Eran cosas de Nicolás Guillen, Miguel Hernández o la poesía beat americana; yo los musicalizaba muy en línea de Paco Ibáñez".

Era la primera guitarra que tuvo en su vida. Una guitarra que Joaquín Sabina ve ya como un signo definitorio de su vida. "Aprendí a tocar la guitarra porque en mi casa había una vieja tradición que consistía en que se regalaba un reloj de pulsera cuando se aprobaba cuarto y reválida. Yo dije que no quería el reloj, que quería una guitarra. Luego, al cabo de los años, pensando en por qué mi hermano y yo somos tan distintos, siendo los dos únicos hermanos, y pensando en cuando empezamos a separarnos y a definir cada uno nuestra vida, creo que fue ahí. Él eligió el reloj, y yo, la guitarra".

En Granada vivió los primeros amores, las primeras revueltas estudiantiles, los primeros escarceos con la política y Mayo del 68. "Nunca he madrugado en mi vida", confiesa con la convicción que da seguir manteniendo vivas viejas costumbres. "Siempre me he acostado a las cinco de la madrugada y levantado a la una del mediodía, pero recuerdo exactamente que en Mayo del 68 nos levantábamos todos de madrugada para coger las primeras ediciones de los periódicos. De un modo rarísimo, con lo provincianos que éramos, que no habíamos viajado absolutamente nada, pensábamos que lo que sucedía en París nos concernía directamente. Yo tenía mi habitación llena de todas las fotos que habían venido en Triunfo, recortadas y pegadas en la pared. No sé por qué canales pensábamos que estaba pasando algo mágico, que nosotros sentíamos de un modo un tanto amorfo, pero real".

En 1970, cuando le quedaba una sola asignatura de la carrera, abre la puerta de las frustraciones y los miedos y se marcha a Londres. "Fue un exilio mitad voluntario y mitad forzado. Yo pertenecía a una especie de grupo político fantasma, cuyos éxitos se apuntaba el partido comunista y cuyos fracasos eran sólo nuestros. Hacíamos cosas que yo creo que eran casi terroristas, al menos en cierta medida. Por ejemplo, poner un cóctel molotov en un banco de Granada. Acción", y sigue diciendo acción con la mística de los viejos tiempos, "en la que, por cierto, cayó casi todo el mundo. Yo me libré, pero, como además tenía la mili y una novia inglesa, decidí poner tierra por medio y comenzar una nueva etapa de mi vida".

Londres era el sueño dorado de los españolitos de a pie de aquellos años. Clínicas abortistas, multitudinarios festivales de música, los domingos de Hyde Park, inmensas tiendas de discos, cines sin censura, ensoñaciones esperadas para quienes salían de la noche de los tiempos con la esperanza en la maleta. "Lo primero que descubrí en Londres fue aire para respirar", dice Joaquín Sabina. "Fue un cambio sustancial. Los primeros meses que estuve allí me dediqué, sobre todo, a vivir". Pasado el deslumbramiento de los primeros momentos se dedica también a cantar. Canciones suramericanas y tópicos sonidos hispánicos en restaurantes de lujo. "Una vez canté para Liz Taylor", añade. También son de ese tiempo sus primeras composiciones, interpretadas en los recitales que organizaba el club Antonio Machado, donde Joaquín Sabina actuó haciendo de telonero en los conciertos de los cantantes que entonces eran más representativos de la otra música española, de Lluís Llach a Paco Ibáñez, de Raimon a Pi de la Serra. Se preparaba para su regreso a España en 1976.

A la vuelta, Joaquín Sabina participa con su guitarra en mítines y actos políticos, pero su visión de la canción difiere sustancialmente de la mayor parte de las cosas que se hacían entonces. "Cuando volví a España y comencé a cantar tenía 29 años, pero para la música tenía 22, porque los siete años de exilio me hacían aparecer como un cantante nuevo. Eso me ayudó, porque, de haber estado aquí, hubiera ardido en la misma hoguera que muchos otros. Cuando llegué me di cuenta de que había que hacer otra cosa, canciones más divertidas, más cotidianas y más lúdicas. Creo que las canciones son pequeñas obritas de tres minutos que tienen una gotita de magia o no la tienen, pero que no son la quintaesencia de nada".

Su primer disco, grabado en condiciones que hoy le desagradan, pasó sin pena ni gloria. Desde que comienza a actuar en La Mandrágora se va afinando su estilo de cronista ciudadano, de fotógrafo musical de la calle y sus personajes, que extrae de su guitarra, retazos de la vida urbana, complicada y difícil, en tonos de claroscuro marginal. "Siempre me han interesado mucho los perdedores", explica. "Durante años he tenido pegada en la pared una frase de Scott Fitzgerald: 'Hablo con la autoridad que me da el fracaso'. El fracaso siempre me ha parecido hermoso, y el éxito, un poco hortera. Los personajes que me resultan más cantables, de los cuales se puede extraer una lírica más estremecedora, son los perdedores. Yo le hice una canción a el Jaro, Qué demasiao, una vez que leí en el periódico que se había encontrado en un semáforo con la policía cuando conducía un coche robado y, después de identificarse, la había desafiado a una carrera. Si tengo que definir lo que es para mí poesía, eso es poesía pura".

De su guitarra va surgiendo una galería de ambientes (Calle melancolía. Pongamos que hablo de Madrid o Negra noche) y de personajes-retrato tratados con cariño y sobriedad. Son El Jaro, Tolete, Kung Fu, delincuentes juveniles, marginales y pasados, que deambulan por la ciudad y que le han llevado a protagonizar alguna anécdota estremecedora. "En un recital de Alcorcón había en la cuarta fila un grupo de chicos con cazadoras negras que cuando empecé a cantar la canción de el Jaro se pusieron en pie, sacaron las navajas y las pusieron en posición de presenten armas hasta que finalizó el tema. Luego las guardaron respetuosamente, y allí no había pasado nada".

En el disco Ruleta rusa (1983) deja atrás su etapa de músico acústico, y Joaquín Sabina, que confiesa que le sigue gustando todo tipo de música, "de la Niña de los Peines a Dylan", entra a saco en el lenguaje del rock. "El rock es un lenguaje universal. A estas alturas del siglo y de la cultura urbana creo que no hay otra forma de cultura que no sea ésta. La televisión lleva la cultura urbana hasta el último pueblo del mundo. El rock es el idioma musical de nuestro tiempo, es la canción popular, folk de esta última parte del siglo. ¿Raíces o no raíces? Es una polémica inútil. A las generaciones que vienen después de nosotros, lo de las raíces les va a sonar a arqueología, a no ser que escuchen a grupos tan maravillosos como Oskorri o Milladoiro, que a partir del folclor hacen una obra fresca, nueva y espontánea".
Con su último trabajo, Juez y parte, sigue su indagación sobre las partes más oscuras de la realidad que nos rodea, una indagación que es también una manera de entender el mundo y la vida. "Yo siempre trato de explicarme", concluye, "pero como soy más bien caótico, me expreso dentro del caos y la contradicción en que vivimos. Es más, cuanto más digo mi verdad, cuanto más avanzo en el terreno de decir lo que pienso, soy más caótico. Yo no puedo decir cosas blancas o negras porque no las siento así. Acepto la contradicción; lo que no sé es si la contradicción me acepta a mí".

La casa de Javier Krahe ofrece un aspecto de desordenada organización en la que parece que las cosas te van a salir a buscar antes de que se decida uno a ir a buscarlas. Libros por las estanterías, colocados en un cuidadoso orden de caída; algunos cuadros en las paredes, discos encima de la mesa y una guitarra encima del sofá. Delgado, serio y distanciado, la barbada imagen del cantante se anima cuando habla de sus canciones y se enfría cuando se refiere a su vida. "No tengo ningún antecedente familiar artístico", dice. "En mi casa se leía a Marcial Lafuente Estefanía y a Wenceslao Fernández-Florez; ésa era la despensa literaria que había en mi casa. Si había algo más de cultura musical, porque a mi padre, que no tenía discos, le gustaba mucho la ópera y la música clásica".

Lo que si tenía Javier Krahe, que oculta bajo su apellido alemán una evidente afición por el esperpento ibérico, es un hermano pequeño, Jorge. Se sabe mucho de la influencia que tienen los hermanos mayores sobre los menores, pero poco a la inversa. Y en la vida musical de Javier Krahe, en su decisión de escribir y cantar canciones, tuvo una influencia decisiva la presencia de su hermano Jorge, precoz y atípico cantante, de subterránea carrera y desgraciada muerte en accidente hace un par de años, cuyo ejemplo musical acabó por conducirle al desproporcionado mundo de la farándula.

"Primero me dio por escribir, como a los 20 años, porque tenía a Jorge en casa", explica mientras comenta la posibilidad de grabar un disco con las canciones inéditas de su hermano, lo que da pie a un intercambio de pareceres con Joaquín Sabina, presente en la entrevista, sobre quién debería interpretarlas y cómo hacerlo. "Yo le llevaba ocho años, pero él tocaba la guitarra desde los nueve. Cantaba canciones de quien fuera (en aquel tiempo recuerdo que hacía cosas de Pete Seeger), y yo la única pretensión que tenía era que, dentro de cualquier tipo de canción, la letra contara una historia. Entonces empecé a escribir letras y él comenzó a cantarlas".

Mal estudiante de económicas, Javier Krahe confiesa que "el origen de mis canciones suele ser una simple rima: iglesia y amnesia, por ejemplo. A partir de eso, me pregunto qué es lo que puedo decir con esa rima". Asegura, no sin orgullo, que aprobó las cinco asignaturas de primero, necesarias para pasar a segundo, era mejor lector de la poesía de Guillen, Hernández o Machado que futuro economista. También él se fue detrás de una novia a Canadá, país del que recuerda como lo más positivo haber aprendido francés. "Fue muy importante lo de aprender francés, porque no sólo me vinculó a la obra de Georges Brassens, que desconocía hasta entonces, sino también porque a través del francés me desvinculé de ilusiones nacionalistas. Políticamente también significó mucho. Cuando fui a vivir a Montreal, yo estaba muy politizado, y allí me encontré con una democracia que me desencantó profundamente en 1969. Era, desde luego, mejor que lo que se vivía en España, pero, de cualquier forma, fue decepcionante darme cuenta que de la democracia lo único que se podía sacar era una mínima tolerancia".

Desde Montreal sigue escribiendo letras, que envía a su hermano, quien las ponía música y las cantaba en pubs y colegios mayores, pero Javier todavía no se decide a cantar. "Yo no sabía ni siquiera tocar la guitarra, que es lo menos que se le podía pedir a un cantante. Fue a la vuelta, cuando ya tenía 30 años, cuando me decidí a aprender. Tardé cinco años, y pensé que sería cantante a los 40; fue a los 35, pero de todas formas es una vocación un tanto tardía".

Poco a poco van surgiendo las canciones que ahora conocemos: historias descarnadas de pueblos que dudan entre echar a la Jacinta al pilón o descubrir un busto en la plaza, parabólicas alabanzas a la hoguera como la forma preferible de impartir justicia sumaria, insultos musicales de iconoclasta, divagaciones sobre el tamaño y el éxito de sus atributos varoniles, alambicadas aleluyas buñuelescas y crónicas satíricas sobre suicidas irredentas y desagradecidas fans que con todos se acuestan, menos con él. Crónicas distanciadas del esperpento patrio, camufladas confesiones de las miserias propias y ajenas, en las que, bajo la defensa de la ironía o el sarcasmo, se deja presentir la debilidad sentimental del cantante y sus pudores.

"Yo creo que mis canciones tienen más de ficción que de realidad", dice, como para curarse en salud, "pero la realidad es que no se me ocurrirían si no viera cosas que suceden. Cuando escribí Dónde se habrá metido esa mujer, fue una reacción a esas canciones pretendidamente feministas que no lo son en absoluto. Y era un problema, porque, siendo feminista sólo muy relativamente, no era asunto fácil. Yo no vivía esa realidad que cuento, pero qué duda cabe de que es una realidad que puede existir. Sin embargo", recalca, "lo que más me interesaba de la canción es que iba a escribirla rimándola en asonante, cosa que nunca había hecho". Y es que las palabras y su escritura es el juego que prefiere Javier Krahe.

Enrevesadas rimas, laberínticas historias de medida y exacta construcción, malabarismos lingüísticos que forman la base de su trabajo. "El origen de mis canciones suele ser una simple rima: iglesia y amnesia, por ejemplo. A partir de eso, me pregunto qué es lo que puedo decir con esa rima; va surgiendo la historia que exigen las palabras. Hago muchas variaciones. De cada 10 canciones hay una en la que lo primero que escribo es la letra; precisamente ahora, que cuento con mayores posibilidades de expresión musical, es cuando se me presentan mayores problemas, porque ya no me tienta escribir una letra sin más, sino que espero a encontrar una música que me guste. Eso me crea ciertas dificultades, porque, al no tener como punto de partida una rima o una historia, se me hace más cuesta arriba".

Para Javier Krahe, el componer canciones es una lucha desesperada con las palabras y las historias, un pulso entre el creador y lo creado en el que no siempre sale victorioso el autor. "A veces, una canción se apodera de uno y desarrolla su propia sucesión lógica. En el último disco, Corral de cuernos, hay varios temas que se apoderaron de mí y de alguna forma se independizaron: Nembutal, Electroencefalograma y Paraíso perdido; esta última, hasta extremos violentos. Por la propia dinámica que adquirieron las canciones, me vi obligado a escribir cosas que no sólo no tenía previsto, sino que no me hubiera atrevido a decir, pero había algo que me llevaba necesariamente a ello. La lógica interna de una canción discurre por caminos que muchas veces no dependen de mí, sino de ella misma".

Han transcurrido ya los cuatro años que se dio de margen cuando comenzó para hacerse rico o para retirarse; sin embargo, Javier Krahe sigue componiendo y subiéndose a los escenarios. "Eso de los cuatro años lo dije en una entrevista que me hizo en Zaragoza una chica sublime, y era verdad cuando lo decía. La verdad, vista ahora, es que, mientras se me sigan ocurriendo canciones, voy a seguir cantando, sin importarme los años que tenga. Debe de ser que la práctica de la profesión crea adicción", explica, y en el rostro se le refleja la sombra de una lejana despedida.






miércoles, 10 de abril de 2013

Cantar en Madrid. Grabación festival de cantautores (1984)



Una amiga, cuyo nombre callo, pues me podría quitar protagonismo, me alegró el día hace poco pasándome las grabaciones de un par de los programas que en la segunda mitad de los años 80 realizamos para TVE Antonio Resines y yo. Una alegría que espero sea la vuestra cuando le deis al play, porque pienso que hay en ellos algunas cosas irrepetibles de algunos de los cantautores que merecen la pena verse.
Cuando en 1983 regresé a Madrid después de una estancia de seis años en Canarias me encontré casi sin comerlo ni beberlo, por gracia de los viejos amigos que me enchufaron, ejerciendo de crítico, mejor comentarista, en EL PAÍS, y a cargo de un programa televisivo en el que podíamos hacer lo que quisiéramos el Resi y yo.

También por aquellos tiempos Elisa Serna estaba comiéndonos el coco a unos cuantos viejos colegas para poner en pie una Asociación de la Música Popular desde la que se defendiera, analizara y difundiera la canción entendida como una forma de arte y de cultura, una vez fracasada la intentona de crear un sindicato de músicos durante la primera transición. El plan era ambicioso, y con su habitual capacidad de convicción Elisa consiguió rodearse de un buen grupo de amigos, periodistas y creadores. Fernando González Lucini, en cuyo blog ofrece buena información sobre este tema y del que le pedido prestadas agunas ilustraciones, que ejercía de Vicepresidente, Víctor Claudín, Claudina Gambino, Raúl Ruiz, Jorge Morgan (seguro que me olvido a alguno), y como era lógico, una buena parte de los cantautores que deambulaban por Madrid, entre los que figuraban la mayor parte de los que actuaron en el concierto que cuelgo.

En aquellos momentos de retroceso de la canción de autor, de su influencia y consideración, la experiencia duró poco, pero dio tiempo para hacer algunas cosas meritorias. Se publicó una revista (“Música Popular”), se editó un libro colectivo (“Pueblo que canta”), se grabó el primer disco del grupo Mosaico, en el que estaban, entre otros, Eliseo Parra y Luis Guti Salamanca, dedicado a Agapito Marazuela, y se organizaron seminarios varios.

Para presentar la asociación en público se decidió tocar a rebato y reunir a los más importantes cantautores, folkies y algún flamenco (no pongo la nómina completa porque está en la crónica) y organizar con ellos un concierto en el que pudieran mostrar su trabajo en aquel momento y dar por muerto el tópico del cantautor con sillita, aporreador de guitarras de palo. Finalmente el concierto colectivo tuvo lugar en el Teatro Alcalá Palace de Madrid con lleno hasta la bandera y con unos resultados artísticos a mi parecer más que destacables.

Coincidió el recital con el inicio del trabajo de Resines y mío en televisión, y decidimos que esa podría ser nuestra primera grabación. Le encargamos la realización a Emilio Arribas, camarada y amigo con el que ya había trabajado en TVE en Canarias, luego pensamos en El Cubri (Pedro Arjona y Felipe Hernández Cava entonces) para que hicieran el diseño gráfico, se presentaron las cámaras en el Teatro y lo grabaron. Aquí os ofrezco el resultado, aunque sea limitado, pues, dada la cantidad de participantes y su duración, el recital se dividió en dos programas y de momento sólo he encontrado el primero. Quedan fuera, pues, todos los que se citan en la crónica y no están incluidos en este CANTAR EN MADRID, que es como se llamaron recital y programa. Como nuestra responsabilidad se redujo a decidir grabarlo, elegir al realizador y a los dibujantes y, todo lo más, seleccionar el orden de las actuaciones, puedo alabarlo sin tapujos.

Visto ahora, me llama la atención en primer lugar la excelencia de la realización de Emilio, sobria y directa, que demuestra comprensión de las canciones, respeto al cantante y sensibilidad. Incluso cuando  superpone imágenes, algo que en general no me parece recomendable, sirve para darle sentido a la interpretación. El ejemplo más notable me parece el plano único en que está grabada “Evohe”, encuadrado desde el punto de vista de un espectador de la primera fila, lo que permite destacar el entendimiento y la simpatía que hay entre Pablo y Luis.

Me parecen igualmente adecuados los dibujos del Cubri, animados por un profesional de la casa, que igualmente intentan destacar algún elemento metafórico sobre el cantante correspondiente.

Y ya como conclusión, creo que quedaron en el programa algunos momentos “únicos” de la canción popular de aquellos momentos que sólo se pudieron ver en la emisión y que asi se pueden recuperar. Me refiero, por ejemplo, al dúo de Luis y Pablo, a “El largo viaje” de Hilario acompañado al piano, de manera excepcional y por única vez, por Antonio Resines, aunque apenas se le vea, a Javier Bergia interpretando sus primeras canciones cuando aún no había grabado ningún disco, o a la excepcional actuación de Pablo con la Orquesta de las Nubes (con Pedro Esteban a la percusión, Miguel Herrero y Suso Saiz en las guitarras, y no sé si era Javier Paxariño el de los vientos, un periodo de la obra de Pablo del que no sé si hay muestras grabadas y que sólo es equiparable en su carácter de música popular de vanguardia con los Lekeitios de Mikel Laboa, quedándonos en la península ibérica. Cerraron Vainica Doble, de las que tampoco se encuentran demasiadas grabaciones de actuaciones por la red (apenas veo tres en las que aparezcan cantando en directo). Cantaron “Taquicardia”, el tema que daría título a su siguiente álbum que aún no se había publicado, y para acompañarlas se reunió un auténtico supergrupo, que durante unos días se reunió en la casa de Gloria para preparar el arreglo, que también se llevó al disco. Están en él Antonio Resines al bajo, a la guitarra Juan Alberto Arteche (al que veréis omnipresente en el recital, pues acompañó a unos cuantos), e Hilario Camacho, Luis Pastor y Pablo Guerrero haciendo voces junto a todos los demás. Al final se va incorporando el elenco entero. Por cierto, a Gloria aquella noche le robaron el abrigo de piel de entrecajas. O lo perdió, que nunca se supo.

Antes de las canciones, reproduzco la crónica que publiqué en EL PAÍS. Para poner en contexto los vídeos y, sobre todo, para que lo leáis, que os conozco. Aunque seguro que alguno/a se lo salta. 

¿Dónde están los cantautores?
EL PAÍS. 29 MAR 1984

Con el título Cantar en Madrid se presentó anteayer la Asociación de la Música Popular en el teatro Alcalá Palace de Madrid, en un concierto de casi cinco horas de duración, en el que se reunieron una buena parte de los cantantes que a lo largo de los últimos 15 años han venido realizando en esta ciudad un trabajo musical encaminado a crear una canción adulta que fuera reflejo de lo que sucedía a su alrededor y expresión personal de ese mundo y los sentimientos que generaba. Una canción en muchos casos limitada por una excesiva contextualización social o política, que se ha visto obligada a afrontar la crisis de la transición, que ha afectado a unos y otros de muy diferentes maneras pero que encontró en el lleno del teatro la confirmación de que no es una canción muerta, sino en trance de evolución y maduración. Se juntaron en el acto cantantes de muy distinto origen estético. Desde quienes han tomado como base de su trabajo raíces folklóricas más o menos evolucionadas (Mosaico, Julia León, Elisa Serna, Claudina y Alberto Gambino) hasta los que se han acercado al rock como un lenguaje musical ya universal, que han adaptado a sus particularidades expresivas (Hilario Camacho, Joaquín Sabina, Antonio Resines), pasando por los que se han aproximado a formas que tienen que ver con ciertas cosas de la música repetitiva o el jazz contemporáneo (Pablo Guerrero), los ritmos latinos y brasileños (Luis Pastor), la música de fusión (Luis Paniagua) y el flamenco (Manuel Gerena, Pepe Habichuela, Enrique Morente), sin olvidarse de una buena parte de cantantes, bien más nuevos (Nacho y Bravo, Javier Bergia y Joaquín Lera), bien más cercanos al concepto tradicional del cantautor (Raúl Alcover, Juan Velasco, Juan Antonio Muriel), o quienes hacen un trabajo tan personal que resulta difícilmente encasillable o definible (Vainica Doble).

En el recital, hubo indudables momentos de altibajo, aunque el público acogió con similares muestras de aprobación las actuaciones más diversas. Hubo momentos de especial emoción y atractivo, que, sólo por resumir, se podrían centrar en la magnífica actuación de Pepe Habichuela y Enrique Morente juntos y sólo el guitarrista por su lado, la interpretación conjunta que Luis Pastor hizo con Pablo Guerrero de una hermosa canción de este último, Evohé, o la brillante actuación de Hilario Camacho, que se inició con la versión que hicieron el propio Hilario cantando y Antonio Resines al piano del tema Final de viaje, del primero de ellos.

La nota más destacada de la noche fue comprobar el grado de evolución en que se encuentra la mayoría de estos cantantes, unos con mayor profundidad que otros, pero en todos evidente.

La transformación que ha sufrido la sociedad española en los últimos años ha afectado especialmente a aquellos cantantes que más se comprometieron con una actitud cívica que trasladaron a sus canciones, restando importancia en algunos casos al necesario valor estético de sus composiciones. Eso condujo a ciertos participantes en el recital al silencio o a un cierto repliegue en sus actuaciones públicas, silencio y repliegue al que no son ajenos los medios de comunicación, más preocupados por potenciar la modas que llegan desde la industria que otras cosas, y a la propia industria, que si en su día supo aprovechar la popularidad de estos cantantes, pasó a llevarlos a su nómina de jubilados y descatalogados. Si bien esto no es cierto para todos -pues algunos han continuado su carrera en estos años, alcanzando una popularidad de la que antes no gozaban, caso de Joaquín Sabina, o manteniendo la que siempre habían tenido, como Hilario Camacho, Vainica Doble y Morente, por ejemplo-, sí puede ser válido para casi todos los demás.







Aunque no tengo la primera parte del programa, he encontrado en la red un extracto de ella, la actuación de Mosaico, con la que debutaban en público como tal grupo. Parece grabada de la tele y no tiene muy buena definición, pero merece la pena. (Luis, intentaré conseguir la original, que debe estar en los archivos de TVE)