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lunes, 21 de septiembre de 2015

ROSITA DÍAZ GIMENO

La fabulosa historia de ROSITA DÍAZ GIMENO, estrella cinematográfica, nuera de don Juan Negrín, exiliada y primera actriz anónima de la historia del cine






Rosita Díaz Gimeno --quizás con Imperio Argentina la actriz de mayor popularidad del cine español de preguerra-- se acababa de casar en 1939 con el neurocirujano (y aviador durante la guerra) Juan Negrín Fidelman, hijo mayor del médico y fisiólogo Juan Negrín López, Presidente del Gobierno de La República, con el que veía manteniendo relaciones desde hacía algún tiempo, y que tras la boda adoptó y dio su apellido al hijo natural que la actriz había tenido en 1926, tras un matrimonio juvenil con el también actor, aunque de menor futuro, Paco Alagón, que acabó en separación primero y luego en divorcio, al que no pudieron acceder hasta la llegada de la República en 1931, que lo legalizó.

Sin embargo, la enorme popularidad de que gozaba no la había ganado por influencias políticas familiares ni por escándalos morales, sino por el intenso y valioso trabajo que había realizado en el cine y el teatro. Rosita Díaz Gimeno se había iniciado muy joven en los escenarios formando parte de la prestigiosa compañía de Gregorio Martínez Sierra (el dramaturgo que jamás escribió un texto, laboriosa tarea que dejaba a su esposa, la muy interesante María Lejárraga) y Catalina Barcena (de renombre similar entonces al de Margarita Xirgu) y había sido la primera actriz española en rodar para la Paramount en los parisinos estudios de Joinville, donde se destetó artísticamente a los pechos de Imperio Argentina.

Al filo de la llegada de la República, Rosita era ya una estrella cinematográfica en España, donde había trabajado con los directores más prestigiosos, tales como Benito Perojo o Florián Rey. En 1934 la reclamó Hollywood, y allí, en la FOX, protagonizó sus propias películas, con argumentos originales, no simplemente versiones castellanas de films en inglés, que obtuvieron un destacado éxito, al parecer, entre los públicos latinos, pues estaban habladas en español y españoles eran los temas. Alli protagonizó, a petición propia, las adaptaciones de “Angelina o el honor de un brigadier”, de Enrique Jardiel Poncela, y de “Rosa de Francia”, con argumento de Luis Fernández Ardavín y Eduardo Marquina.

 Ya de vuelta en España convertida en una estrella, el estallido de la guerra civil la pilló en Córdoba, donde estaba rodando los exteriores de la película que protagonizaba, “El genio alegre”, basada en la obra teatral de los hermanos Álvarez Quintero que dirigía Fernando Delgado.

El inmediato triunfo de los sublevados en la ciudad y el descontrol provocado por el alzamiento obligaron a la suspensión del rodaje. Aunque la actriz había mostrado en numerosas entrevistas y apariciones públicas sus ideas progresistas y su fidelidad a la República, tampoco tenía una personalidad política tan definida como para ser víctima inmediata de la represión. Rosita era una mujer moderna, deportista, lectora, cosmopolita y con un sentido liberal y abierto de la moral y el sexo. De alguna forma venía a representar la nueva mujer de la República, con la que evidentemente simpatizaba, pero su ideología no iba más allá. No parece que diera el perfil de víctima propiciatoria de los sublevados. Además, era famosa, lo que en principio la protegía pero que también podía volverse en su contra. Como sucedió. 

En los días en que permaneció en el hotel pensando lo que podía hacer --y hablándolo con otros miembros de la película, también republicanos, que igualmente serían detenidos y alguno de ellos acabó en el exilio-- recibió una llamada telefónica que despertó la voracidad represora de las nuevas autoridades.

Quien la llamaba desde Madrid era su novio, Juan Negrín Fidelman, con la intención de conocer la situación en que se encontraba, y, es de suponer, para intentar ayudarla. Parece ser que la llamada fue interceptada o escuchada, y el simple nombre del interlocutor debió despertar las sospechas suficientes como para detener a la actriz, aunque su encierro duro breve tiempo. Días, cuentan unos, o meses, aseguran otros, que sobre esto no se ponen de acuerdo los que saben. También hay fuentes que indican que quien delató la llamada recibida por Rosita fue su coprotagonista, Fernando Fernández de Córdoba, falangista de primera hora que pasaría a la historia por ser el locutor que tres años después le puso voz al histórico parte de guerra del Caudillo que comenzaba con la famosa frase “En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército rojo…”

Fuera cual fuera la verdad de aquel momento confuso, que parece ser que Rosita era dada a fantasear cuando hablaba de sí misma, el hecho es que la actriz consigue abandonar la España sublevada en mayo de 1937, cuando ya se habían publicado, en la otra zona, claro, noticias de su fusilamiento y, según algún estudioso posterior, tal vez formando parte de un intercambio con presos facciosos, negociaciones en las que hubiera participado quizás el mismísimo cuñado del Caudillo, Ramón Serrano Suñer. 

Fueran como fueran estos sucedidos, que en esta etapa de la vida de la actriz hay mucha confusión, el hecho es que Rosita salió a Francia por Irún. Y otra vez retomamos las incertidumbres. Según cuentan algunos, sin mayor apoyatura documental, todo sea dicho, al otro lado de la frontera la esperaba Benito Perojo para ofrecerle ir con él a Alemania a rodar allí películas como las que luego él dirigiría, pero con Estrellita Castro como protagonista. La actriz rechazó la oferta, y muy por el contrario, tras un nuevo interludio hollywoodense para protagonizar “La vida bohemia” (John Alton-Josef Berne-Edgar G. Ulmer, 1937), regresa a la España republicana para regularizar al fin su relación con Juan Negrín Fidelman, con quien se casó casi finalizada la guerra y con quien partió definitivamente al exilio en el momento de la derrota.


Periplo americano

Con Juan Negrín en Barcelona.
1980
Ya en el exilio, instalada en Nueva York con el resto de la familia Negrín, desarrolló una intensa actividad interpretativa y cultural, tanto en Estados Unidos como en México. En el primer país, además de participar como actriz en numerosos montajes teatrales en español y en inglés (“La casa de té de la luna de agosto”, por ejemplo, que estrenó en nuestro idioma), compartió con frecuencia conferencias y seminarios en diversas universidades y fue miembro de honor de las de Hoffstra y Princeton y de la Asociación de Licenciados y Doctores de Estados Unidos. Una larga marcha del mundo de los cómicos al de los académicos que cuenta mucho sobre la personalidad de la actriz.

En México protagonizó las que serían sus tres últimas películas: “Pepita Jiménez”, adaptación de la novela de Juan Valera, que dirigió el que entonces era la estrella emergente entre los nuevos realizadores mexicanos, Emilio “Indio” Fernández, “El último amor de Goya” (1946), del también exiliado español (y guionista habitual de Cantinflas) Jaime Salvador, y “El canto de la sirena” (1948), bajo la batuta del estadounidense Norman Foster, al que se deben algunas joyas del cine más cutre como la serie de Charlie Chan. Fueron tres películas, especialmente las dos primeras, de prestigio y que tuvieron buena acogida, sin embargo Rosita Díaz Jimeno, que tenía 37 años (según ella, porque según otros ya había llegado a los 40) decidió dejar la pantalla para siempre, dedicándose en exclusiva a la labor teatral y docente hasta su fallecimiento en Nueva York en 1986.

Con Luis Buñuel en USA. 1940
En un país y otro mantuvo una intensa relación con Luis Buñuel, al que había conocido en España y con quien, ya en el exilio planeó proyectos conjuntos que no llegaron a realizarse. La historia entre ambos, que al parecer se inició en Nueva York, donde él sobrevivía archivando películas en el Museo de Arte Moderno, debió tener su aquel, aunque sin salirse de los límites del platonismo amoroso más estricto. Según le confesó Buñuel por carta a su amigo Max Aub estaba “enamorado” de ella, aunque la historia no hubiera cuajado en nada tangible porque para él “la mujer de un amigo es sagrada”.


Epílogo en el anonimato

Aún cabe un breve epílogo para esta historia de Rosita Díaz Gimeno. Un epílogo que trata, más que nada, de la miseria moral de los vencedores. Nada más acabada guerra, necesitados como estaba el nuevo régimen de dar la impresión de que todo había entrado en la mayor normalidad, se reanudó el rodaje interrumpido en Córdoba tres años antes, y finalmente “El genio alegre” se estrenó en diciembre de aquel mismo 1939. Dado que tanto Rosita como otros intérpretes de la película se habían exiliado, entre ellos la actriz Anita Sevilla y el actor Edmundo Barbero, que acabaron su vida artística en México y El Salvador respectivamente, hubo que utilizar dobles en los planos que faltaban por filmar, muy pocos, y doblar totalmente sus voces en la copia final, de manera que los espectadores vieron a los actores la cara que ya conocían pero hablando de otra manera.

Pero ese no fue el único estropicio. Es sabido que el franquismo utilizó como forma de censurar los films estadounidenses la eliminación en toda la publicidad de los nombres de los intérpretes que se habían solidarizado con la República durante la guerra civil. Tal fue el caso, por ejemplo, de Bette Davis, Douglas Fairbanks o John Garfield, quien en los carteles de “Los peligros de la gloria” era anunciado exclusivamente como “el formidable actor de ‘Contra el imperio del crimen’”.

Sin embargo, para Rosita Díaz Gimeno y los otros intérpretes exiliados de “El genio alegre” aquello no era bastante. Los censores, que siempre entendieron mucho de cine, dios los guíe mientras existan, decidieron cortar por lo sano, y, sencillamente, no sólo suprimir su nombre de los carteles, las informaciones y la publicidad de la película, como hacían con los americanos, sino que los eliminaron incluso de los propios títulos de crédito del filme. En la pantalla estaba su rostro, su cuerpo, sus gestos, pero era la actuación de nadie. Un hecho que convierte a Rosita Díaz Gimeno en la primera, y probablemente única, protagonista anónima de la historia del cine. Por supuesto que todos los espectadores de "El genio alegre" la debieron reconocer al instante, pues su fama era enorme, y debieron extrañarse, pero eso eran cosas que sólo se comentaban en confianza y en voz baja.

El exilio de la actriz y el silencio sobre su nombre impuesto por el franquismo impidieron que Rosita Díaz Gimeno ocupara en la historia del cine español, y probablemente también en la de la actividad intelectual, el papel que sin duda le hubiera correspondido de ser otras las circunstancias históricas que le tocó vivir. Tanto es así, que quien consulte Wikipedia encontrará su vida reducida a 10 líneas contadas y tan solo se citan someramente en ellas cuatro de sus películas. Creo que en La Historia Grande hay historias pequeñas, como esta, que merecen ser recordadas. 

Dado que de una actriz se trata, tal vez lo más provechoso sea recopilar su filmografía íntegra (espero que lo sea), que en internet no he encontrado reunida en una sola fuente, con las fichas técnica y artística correspondiente que he logrado conseguir. La relación no es demasiado larga, tan sólo 16 títulos en 18 años de carrera cinematográfica, ni son de especial relevancia artística sus películas, aparte de las circunstancias históricas y personales que las rodearon. Sin embargo, la lista resulta representativa de lo que esta actriz, intelectual y persona relevante pudo haber sido en España y no le dejaron ser. 





 FILMOGRAFIA DE ROSITA DÍAZ GIMENO


1930. Un hombre de suerte

Dirección: Benito Perojo
Producción: Paramount, rodada en Joinville (París)
Guión: Adaptación de una comedia de Yves Mirande y Gustave Quinson con guión de Pedro Muñoz Seca a cargo de Pedro Muñoz Seca y René Barberis.

Intérpretes: María Luz Callejo, Carlos San Martín, Helena D'Algy, Rosita Díaz Gimeno, Amelia Muñoz y Roberto Iglesias.



1931. Un caballero de frac


Dirección: Roger Capellani y Carlos San Martín.
Producción: Paramount Paris
Guión: John McDermott        , Yves Mirande, André Picard           , Saint-Granier
 Intérpretes: Roberto Rey, Gloria Guzmán, Rosita Díaz Gimeno     , Gabriel Algara, Luis Llaneza.



1931. Su noche de bodas


Dirección, Louis Mercanton y Florián Rey
Producción: España-Francia-USA (Paramount París)
Guión: Luis Fernández Ardavín, adaptación de la comedia de Gábor Drégely "El marido de la señorita",
Intérpretes: Imperio Argentina, Miguel Ligero, Manuel Russell, Rosita Díaz Gimeno, Emilia Barrado, Olga Valéry, Antonio Monjardin, Antonia Arévalo, José Romeu, Alberto Cavalcanti, Beatriz da Conceição (Beatriz Costa), Clara Bow.



1931. Lo mejor es reír


Dirección: E.W. Emo y Florián Rey
Producción: Paramount París
Guión:  Pedro Muñoz Seca y Benno Vigny sobre un argumento de Harry d'Abbadie d'Arrast y Douglas Z. Doty
Intérpretes: Imperio Argentina, Tony D'Algy, Rosita Díaz Gimeno, Manuel Russell, Carlos San Martín.



1932. El hombre que se reía del amor


Dirección: Benito Perojo
Producción: Star Films (España)
Guión: Benito Perojo
IntérpretesRafael Rivelles , María Fernanda Ladrón de Guevara , Ricardo Núñez , Rosita Díaz Gimeno, Gabriel Algara , Antoñita Colomé , Pilar Soler , Julio Roos , José Rivero



1933. Sierra de Ronda


Guión y dirección: Florián Rey
Intérpretes: Antonio Portago, Rosita Díaz Gimeno, Marina Torres, Fuensanta Lorente, Leo de Córdoba. Ficha técnica



1934. La Dolorosa


Dirección: Jean Grémillon     
Producción: Ediciones PCE / Producciones España C.
Guión: Jean Grémillon sobre la Zarzuela del mismo título del maestro Serrano con libreto de Juan José Lorente.
Intérpretes: Rosita Díaz Gimeno , Mary Amparo Bosch, Pilar García, Eva López , María Anaya.
           
La Dolorosa. Completa



1934 Susana tiene un secreto


Dirección: Benito Perojo.
Producción: Orphea Films.
Guión: Honorio Maura y Gregorio Martínez Sierra sobre su propia comedia teatral.
Intérpretes: Rosita Díaz Gimeno, Ricardo Núñez, Miguel Ligero, María Fernanda Ladrón de Guevara, Rafael Rivelles, Antoñita Colomé.



1934 Se ha fugado un preso



Dirección: Benito Perojo.
Producción: Orphea Films
Guión: Benito Perojo sobre un argumento de Enrique Jardiel Poncela.
Intérpretes: Rosita Díaz Gimeno, Juan de Landa, Ricardo Núñez, Carmen Delgado, Pepita Carrera.



1935 Angelina o el Honor de un Brigadier


Dirección: Louis King y Miguel de Zárraga.
Producción: Fox Film Corporation
Guión: Enrique Jardiel Poncela y Elizabeth Reinhardt sobre la obra teatral del primero.
Intérpretes: Rosita Díaz Gimeno, José Crespo, Enrique de Rosas, Julio Peña, Rina De Liguoro, Juan Torena, Andrés de Segurola, Romualdo Tirado, Ligia de Golconda, Francisco Moreno, José Peña.



1935 Rosa de Francia


Dirección: José López Rubio y Gordon Wiles.
Guión: Helen Logan y José López Rubio sobre un argumento de Luis Fernández Ardavín y Eduardo Marquina.
Intérpretes: Rosita Díaz Gimeno, José Peña, Antonio Moreno, Consuelo Frank, Jinx Falkenburg, Chito Alonso, D'Arcy Corrigan.



1937 La vida bohemia

Dirección: John Alton, Josef Berne, Edgar G. Ulmer
Guión: José López Rubio. Adaptación de La Boheme de Giacomo Puccini
Producción: Cantabria Films. Rodada en USA y distribuida por Columbia Pictures

Intérpretes: Rosita Díaz Gimeno, Gilbert Roland, José Cresto, Miguel Ligero, Romualdo Tirado. 



1936/1939 El genio alegre


Dirección: Fernando Delgado.
Guión: Fernando Delgado, sobre la obra de los hermanos Álvarez Quintero.
Producción: Córdoba Film Office.
Intérpretes: Rosita Díaz Gimeno (suprimido su nombre en el rodaje final), Leocadia Alba Lolita Astolfi, Edmundo Barbero, Fernando Fernández de Córdoba. Armando Calvo, Juan Calvo, Concha Catalá, Erasmo Pascual, Antonio Vico, Alberto Romea.



1946 Pepita Jiménez


Dirección: Emilio Indio Fernández
Producción: Producciones Cafisa y Águila Films. México.
Guión: Mauricio Magdaleno, Emilio Indio Fernández, sobre la novela de Juan Valera)
Intérpretes: Rosita Díaz Gimeno, Ricardo Montalbán, Fortunio Bonanova, Consuelo Guerrero de Luna, Carlos Orellana, Rafael Alcayde, Julio Villarreal, José Morcillo

Pepita Jiménez. Fragmento 



1946 El último amor de Goya


Dirección: Jaime Salvador.
Producción: Concordia Films. México
Guión: Jaime Salvador, Carlos Martínez Baena y  Enrique G. Alonso.      
Intérpretes: Miguel Arenas, Rosita Díaz Gimeno, Paul Cambo,Juan M. Castillo, Julio Daneri, Celeste Grijo, Domingo Soler, Gustavo Rojo.                     



1948 El canto de la sirena

Dirección: Norman Foster.
Producción: Jesús Bracho.
Guión: Edmundo Báez, Álvaro Custodio y Norman Foster   
Intérpretes: Rodolfo Acosta, Rosita Díaz Gimeno, Mario Caballero, Tito Junco, Jesús Maza, Virginia Serret, Julián Soler.








viernes, 10 de abril de 2015

BLASCO IBAÑEZ Y EL CINE (7) La Bodega

Blasco Ibáñez y el cine (7)
Andanzas cinematográficas de un literato valenciano en la corte de Hollywood





La bodega” (1929), un film post-morten entre el mudo y el sonoro



Hasta el momento de su muerte el cine español había mostrado poco interés por la literatura de Blasco Ibáñez, hasta el punto que no se había realizado ninguna película de ninguna de sus novelas desde que en 1916 el propio Blasco dirigiera aquella primera versión de “Sangre y arena”. Bien es verdad que Hollywood ya se había encargado de evitarlo comprando los derechos de las obras más destacadas del escritor. Hubo que esperar a su muerte para que un año después un joven que con el tiempo habría de jugar un papel importante, aunque contradictorio, en el cine español rodará en estudios franceses y localizaciones españolas “La bodega” (1929).

Las novelas consideradas “sociales” --que el mismo Blasco definió, mucho más acertadamente, como “novelas de tendencia y rebeldía”-- constituyen la continuidad la lógica de sus obras de tema valenciano, a las que siguen en la cronología. Cuatro títulos componen el ciclo: “La catedral” (1903), “El intruso” (1904), “La Bodega” (1905) y “La horda” (1905). El propio autor dejó bien claras lo que pretendía con ellas:

“La novela de nuestro tiempo debe ser social... Con el despertar político de los pueblos y el advenimiento de la democracia, ha cambiado totalmente el valor de los sujetos novelables. Antes, los amores, las alegrías y las tristezas de unos cuantos millares de seres perezosos e inactivos, que forman la alta clase social, bastaban para llenar la novela... La revolución social ha abierto nuevas ventanas para examinar la vida. Hay algo más allá de las voluptuosidades, placeres y penas, de las contadas gentes que ocupan la cima del bienestar. Toda una humanidad se agita abajo, en la sombra, rugiendo de dolor al salir de un ensueño de siglos, atropellándose por encontrar la senda que conduce a lo alto, y sus miserias, sus anhelos, son materia de arte”

En su estudio sobre los novelistas sociales de comienzos del XX (Galdós, Baroja y Blasco), que recomiendoel alemán Hans Jörg Neuschäfer lo concreta más, y escribe sobre “La bodega” estas consideraciones que son aplicables al resto del ciclo:

“Es una novela donde el problema social está presentado como antagónico, mejor dicho como lucha de clases. (…) En Blasco Ibáñez, por fin, la imagen del pueblo es contrastada críticamente con la imagen de la clase dirigente, que reaparece. Aquí, pues, se establece una verdadera relación entre ambas clases, quedando así patente que la situación de una no puede ser apreciada sin compararla con la situación de la otra”

Con estas intenciones previas en la cabeza (y la opinión posterior del erudito) no resulta difícil entender el punto de vista del escritor sobre los temas que aborda en estas novelas, de muy diferente calidad. En “La catedral” se enfrenta de manera un tanto farragosa con la Iglesia (ya hemos hablado de su acendrado anticlericalismo), denunciando cómo la rigidez impuesta de sus dogmas impedía el avance de España hacia una sociedad más moderna y libre. Pese a lo mucho que había en ella de las ideas de Blasco, el escritor la apreciaba poco, llegando a considerarla uno de sus peores trabajos.

En “La horda”  se habla de los cinturones de miseria que rodean las grandes ciudades, en este caso Madrid, previniendo ya uno de los conflictos sociales más agudos de la era industrial, aún hoy sin solucionar. Pese a sus buenas intenciones, se trata de una novela deficiente,  que en su tiempo fue muy atacada por el parecido que ofrecía con la excelente “La busca”, que Pío Baroja había publicado un año antes, casualidad que, al parecer, el vasco no dejaba de recordarle al valenciano cuando la ocasión lo requería.


Más interés tiene “El intruso”, cuya acción se sitúa en la industrializada Bilbao y en la que introduce directamente como trama principal el enfrentamiento entre el capital y el trabajo. Aunque a veces resulte un tanto discursivo, aún hoy es especialmente lúcido y agudo el análisis que realiza sobre la esencia del naciente nacionalismo vasco bizkaitarra, expresado en el enfrentamiento que muestra entre al mundo industrial y moderno, representado por los obreros industriales y sus sindicatos, y el vasquismo ancestral, de raíz rural y fruto, según él, del foralismo carlista más reaccionario y clerical. Un enfrentamiento entre modernidad y tradición ante el que Blasco se posiciona decididamente a favor de la primera.

Pero sin duda la novela de mayor calidad de todo el ciclo es, precisamente, “La bodega”, de la que Ramiro Reig ha dejado escrito:

“Hay algo de injusticia en que a Blasco se le cite como al autor de “La barraca” y no de “La bodega”, una novela con una riqueza de personajes y de situaciones, y con un ritmo narrativo tan calculado y, a la vez, tan intenso, que se lee sin desfallecimiento alguno. “La bodega” habla de esas cosas tremendas que conmueven el corazón humano, del hambre, de la callada dignidad de los oprimidos y de su justicia, de la muerte de una gitanilla inocente, de la rebelión y ¿por qué no?, de la venganza, pero también del perdón”


Como buena parte de la novelística de Blasco, “La bodega” mezcla dos tramas diferentes, pero complementarias. Una historia colectiva, social, y otra personal, amorosa, que se entremezclan, siendo el resultado de la segunda consecuencia de las de las circunstancias sociales en que se desarrolla ese amor. En este caso, la trama coral se anuda a través de la descripción de una huelga en las bodegas de Jerez, donde transcurre la acción. Se trata de una historia inspirada, al parecer en las grandes movilizaciones campesinas que en la misma localidad habían tenido lugar en 1883 (recuérdese que la novela es de 1905), mostradas en la novela alrededor del personaje de un profeta anarquista, santo y laico, nombrado Fernando Salvatierra, cuyo modelo real fue, al parecer, Fermín Salvochea, uno de los primeros difusores de las ideas libertarias en España. La historia amorosa tiene, como tanto le gustaba a Blasco, un fuerte componente melodramático y está centrada en la pareja formada por Rafael, un jornalero, su novia María Luz y el hermano de esta, Fermín. La violación de la muchacha por parte de uno de los hijos de los Dumont (¿los Domecq?), una rica y poderosa familia bodeguera, desata la tragedia y la venganza, que acaba con Fermín en el cadalso, María Luz sola y Rafael uniéndose a unos contrabandistas con los que está dispuesto a tomar por su cuenta lo que la injusticia le ha quitado:

“Quería declararle la guerra a medio mundo, a los ricos, a los que gobiernan, a los que infunden miedo con sus fusiles y son la causa de que los pobres se vean pisoteados por los poderosos. Ahora que la gente de Jerez andaba loca de terror, y trabajaba en el campo sin levantar la vista del suelo, y la cárcel estaba llena, y muchos que antes querían tragárselo todo iban a misa para evitar sospechas y persecuciones, ahora empezaba él. Iban a ver los ricos qué fiera habían echado al mundo al destrozar uno de ellos sus ilusiones”

Si alguien se detiene a ver los 30 minutos que de “La bodega” se pueden encontrar en youtube y que enlazo al final, apreciarán haber conocido la mitad colectiva de la novela antes de ver la película, porque no aparece prácticamente en ella, centrada, sobre todo, en el conflicto melodramático. Hasta tal punto se ningunea el aspecto crítico del texto original que el nombre de Salvatierra (simbólico dónde los haya) ni siquiera aparece en el reparto. Parecería talmente que Benito Perojo, que es quien la adaptó y dirigió, hubiera querido imitar las producciones hollywoodenses que tanto éxito habían conocido en los años precedentes. Los valores del film de Perojo, su significación histórica, que la tiene, no están pues ni en su calidad ni en la fidelidad al texto de Blasco, sino en otras circunstancias que lo rodearon.

Ante todo, “La bodega” es una película fronteriza entre dos épocas del cine español y mundial, situándose en ese punto justo del paso del mudo al sonoro, que en España, como es fácil comprender, llegó un poco después de aquel 4 de febrero de 1927 en el que Al Jolson asombró a los primeros espectadores americanos que le oyeron soltando su chorro de voz desde la pantalla. Un momento que los españoles no pudieron vivir plenamente hasta el estreno de la película correspondiente, “El cantor de Jazz”, en 1931 con el título de “El ídolo de Brodway”, si bien anteriormente, en 1929, ya se había proyectado el film, aunque sin sonido, un método que se utilizó con muchos de las primeras películas sonoras ante la falta en las salas de los equipos necesarios.

La bodega” se había rodado muda, y como tal se estrenó en primera instancia, aunque el inmediato auge de las películas habladas obligó a retirarla de los cines y a volver a montarla añadiéndole música y dos canciones, sincronizadas a partir de grabaciones discográficas. Un experimento que ya se había realizado con otros filmes estadounidenses, pero que en España (y en Francia, donde se produjo) resultaba totalmente novedoso. El propio Perojo se lo contó así a Fernando Vizcaíno Casas en 1969:

“Pensamos que era importante seguir la gran innovación y pedimos unos discos de Conchita Piquer, que era la protagonista, y con estos grabamos unos playbacks. Claro que teníamos que sincronizarlos un poco a ojo; de todas formas, dimos la película con dos canciones”

Perojo-Peladilla
Benito Perojo, que con los años llegaría ser a uno de los directores y productores emblemáticos del cine franquista, tiene una historia que contar. Hijo de una familia acaudalada había estudiado ingeniería eléctrica en Londres, lo que no le impidió apasionarse por el cine, en el que había empezado como actor y director en 1915, incorporando a un personaje, Peladilla, creado a imagen y semejanza de Charlot. Cuando realizó “La bodega” tenía 35 años y residía en París, donde en 1926 ya había debutado en el cine dramático al dirigir la primera adaptación de la novela de Alberto Insua “El negro que tenía el alma blanca”, a la que regresaría en 1934 con una versión musical. Más adelante dirigiría aún alguna película interesante, como “La verbena de la paloma” (1935) o “Goyescas” (1942), aunque su cine fue derivando de su amor inicial por el tipismo a los tópicos españolistas más evidentes. Después sería productor de “Novio a la vista” (1954), la deliciosa y corrosiva película de Berlanga, y de algunos filmes de Marisol, su gran bombazo económico, entre otra veintena sin mayor relevancia. Fue condecorado por Franco con la Gran Cruz del Mérito Civil el 18 de julio de 1966, en conmemoración de 30 aniversario de glorioso alzamiento contra la República.

En el reparto de la película de Perojo hay un par de nombres que merecen cita. En primer lugar, la protagonista, Concha Piquer, Conchita entonces, Doña Concha luego. Aunque estaba llamada a ser la más importante de las tonadilleras españolas, figura mítica de la canción popular española, el cine y los papeles que para él interpretó tuvieron mucho que ver en su lanzamiento inicial, haciéndole un hueco en la historia de la cinematográfia. Ya en fecha tan temprana como 1922, cuanto tan sólo contaba 16 inocentes añitos, había realizado su primer y exitosa gira por Estados Unidos, durante la que participó ese mismo año en una primitiva prueba de cine sonoro, hablando, cantando y bailando en una cinta experimental, de 11 minutos de duración y dirigida por Lee DeForest, que se perdió y no fue recuperada hasta 2010[1].



Hay, incluso, quienes la han descubierto en la primera película sonora, “El cantor de jazz”, en el niño (sí, niño) que en un momento canta, en inglés, acompañado al piano por el protagonista, Al Jolson. La historia tiene toda la pinta de ser un rumor, pero es bonita y en caso de creer en ella hay datos para apuntalar su verosimilitud. El nombre de Conchita Piquer no aparece en los créditos del filme, ni en ninguno de los repartos que he podido consultar, así como tampoco queda constancia en sus biografías más o menos oficiales ni en los estudios sobre el tema. Sin embargo, algunos hechos comprobados sugieren, al menos, que no es necesariamente imposible. 

En su larga estancia de cinco años en Estados Unidos, entre 1922 y 1927, la muy joven Conchita había tenido ocasión de aprender inglés, idioma en el que llegó a cantar sobre los escenarios, y había obtenido un importante éxito que la llevó a compartir musicales de Brodway con figuras de la talla de Jeanette MacDonald, Eddie Cantor o el propio Al Jolson, entre otros. En uno de esos espectáculos, según contó la cantante a Manuel Vicent en 1981, hubo que improvisar un número que tiene puntos en contacto con lo que luego podría haber hecho en “El cantor de Jazz”:

“Era un pregón de un muchacho andaluz; yo salía vestida de chico con una cesta de esas con que venden mariscos en Sevilla, pero con flores. Y como no tenía ropa ni nada, me puse unos pantalones del maestro Penella que era pequeño y delgadito, una guayabera de dril que me hizo mi madre en unas horas, un pañuelito rojo y una gorrita, y aquí me tienes que aprendí la canción en una noche y al día siguiente en el ensayo general fue un clamor. Paré el espectáculo”. 

Por cierto, que en la misma entrevista cuenta una anécdota que tiene que ver con el protagonista de nuestra historia, de la que sin duda debió acordarse durante el rodaje de “La bodega”: “En Nueva York me quedé sola, y para sentirme más cerca de mi gente, de mi tierra, leía novelas de Blasco Ibáñez, a quien conocí un día comiendo”. Fuera como fuera, alguien está convencido de que es ella el niño cantor y ha colgado el fragmento en internet, dejándonos a los demás la opción de identificarla o no. Merece la pena verlo, por si acaso.



Cantara o no en “El cantor de jazz”, donde sin ningún género de dudas si se pudo escuchar cantar a Concha Piquer, aunque fuera mediante un malabarismo técnico, fue en “La bodega”.



Otro nombre del reparto de la película de Benito Perojo que pasaría a la posteridad es el de Carmen Amaya. La que estaba llamada a convertirse en una figura emblemática del baile flamenco también participó, normalmente en papeles secundarios como bailarina, en casi una veintena de películas. Los interesados pueden elegir para ver la última de ellas, la excelente “Los Tarantos” (Francisco Rovira-Veleta), rodada en 1963, poco antes de su muerte, y en la que daba muestra no sólo de su maestría como bailaora, sino también como actriz. En “La bodega”, con sólo 11 años de edad, ya dejó patente su arte subida encima de una mesa.



Los resultados finales obtenidos por Perojo de la novela de Blasco no debieron ser muy satisfactorios, sin que funcionara la melodramatización hollywoodiense de los textos originales. Dado su carácter de coproducción, la película se proyectó en Francia y en España, cosechando, en lo que se conserva, críticas negativas. A raíz de su estreno en Madrid, Mateo Santos, un crítico de ideología libertaria que acabaría en el exilio tras la guerra civil, escribió en Popular Films, la revista que dirigía:

“Cuando más urge apartar la producción nacional de la pandereta, la productora española, en colaboración con Perojo, fabrica una película con lidia taurina y cornada final (...), pero ese afán de asegurar el éxito con la españolada y la pandereta (...) convierte “La bodega” en una cinta más, sin una significación digna para el cine hispano”.

Claro, que este juicio, que parece ajustado a la realidad, venía precedido por una afirmación que, a tenor de lo que ya había hecho el cine con la novelística de Blasco y a la espera de lo que aún habría de hacer, suena un tanto peregrino. Según él, las novelas del valenciano eran poco adecuadas para el cine:

“El estilo del glorioso novelista, estilo brillante, cuajado de bellas imágenes literarias, pero retórico y ampuloso en exceso, es todo lo contrario del dinamismo, la vivacidad y la sensación cinematográfica”

En alguna próxima entrega de este culebrón veremos lo que hay de cierto y de falso en este aserto, que ambos contrarios contiene el cine inspirado por Blasco Ibáñez. El anterior y el posterior a su muerte.


"La Bodega" (incompleta)

Continuará…




[1] Para ser justos, hay que incluir a otra española entre aquellas pioneras de las primeras pruebas del cine sonoro. Se trata de Raquel Meller, que en 1926 rodó en Nueva York varios cortos con canciones en castellano y catalán. 




Próxima entrega:
El cine de Blasco en aquella España del franquismo