Mostrando entradas con la etiqueta Pete Seeger. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pete Seeger. Mostrar todas las entradas

martes, 4 de febrero de 2014

Toshi Seeger. El puntal del genio

Toshi Seeger. El puntal del genio






La semana pasada, revolviendo en internet en busca de artículos sobre la muerte de Pete Seeger, tropecé casualmente con la noticia del fallecimiento, sólo seis meses antes, de su esposa y compañera de toda la vida, Toshi Aline Ohta Seeger (1 de julio de 1922 – 9 de julio de 2013). Me enteré de la muerte de la esposa por el fallecimiento del marido, toda una metáfora de una relación que duró 70 años, desde que se conocieron en 1939 en un baile popular de Nueva York. La sombra de los genio, incluso de los no tan genios, es alargada, y a veces oculta a quienes desde la mayor cercanía posible han hecho posible que llegaran a ser tal y como han aparecido ante nosotros.

Es el caso de Toshi Seeger, que creo merece la pena ser recordada en estos momentos, o, al menos, a mí me apetece dejar aquí recuerdo de ella. Supe de su existencia e importancia desde el mismo momento en que conocí a personas que a su vez conocían a la pareja. Raimon o Fernando Santos Fontela (El “Ramón Padilla” que en 1968 editó “Canciones de protesta del pueblo Norteamericano”) me dieron noticia de su existencia y del importante papel que ocupaba al lado, el lado de la sombra, eso sí, del artista que yo tanto admiraba. Fue su esposa y la madre de sus hijos, pero también su compañera de lucha, secretaria, mánager, consejera y productora, tanto de muchos discos como, finalmente, del documental biográfico sobre Seeger “The power of the song”, que tanto ha debido verse durante estos días. O eso espero, porque es excelente.

En cualquier caso, como mi conocimiento de Toshi Seeger no pasa de las habladurías, he preferido acudir a una fuente solvente que conoció en profundidad a la pareja, David King Dunaway, que ya en 1981 publicó la muy documentada biografía de Seeger “Una canción sin fin”, que Jucar editó en España dos años después. He seleccionado algunos fragmentos que hacen referencia a esa relación matrimonial y profesional entre ambos, en los que quedan patenten no sólo su carácter y características, sino que desvelan rasgos poco conocidos, y no siempre halagüeños, de la personalidad de Pete Seeger, que merecen ser conocidos, al menos para hacer honor a una frase de Toshi que cita el biógrafo: “Odio cuando la gente lo idealiza”.

Por otro lado, pienso que hay rasgos de la relación de Pete y Toshi Seeger comunes con los de otras parejas artistas que he conocido. Son, en general, mujeres inteligentes, cultas, valiosas, con fuertes personalidades y sobradas capacidades, que, no obstante, por alguna razón decidieron en algún momento aparcar sus propias carreras para poner su empeño en las de sus compañeros. No suelen aparecer en las reseñas de discos, exposiciones, películas o libros, pero constituyen sin duda los puntales en la sombra del genio, sin las cuales los artistas no habrían hecho la obra que les conocemos o la hubieran hecho de otra manera. Vaya también por ellas.


“He trabajado muy difícil y lo hice con mi esposa;
Trabajando mano a mano para hacer una buena vida.
El maíz en el campo de trigo y en los recipientes, y luego...
Oh Señor, yo era el padre de los gemelos”



(1)
Toshi (el nombre significa «principio de una nueva era») tenía un hermoso pelo negro y una vena osada que había heredado de su madre, la radical en una vieja familia de Virginia que incluía a Jim Bowie, el del cuchillo del mismo nombre. Pete le preguntó por ella tímidamente. Toshi le contó que, contra la voluntad de sus abuelos, su madre se había casado con un exiliado japonés de noble cuna y que se marchó a Europa, donde había nacido ella. A causa del Acta de Exclusión Oriental (que impedía que los niños que tuvieran un cincuenta por ciento o más de sangre oriental entraran en los Estados Unidos), no había podido entrar en el país hasta que su madre la introdujo a hurtadillas, mintiendo a los oficiales de aduana al decir que la vivaracha bebé era cien por cien caucasiana.

Toshi creció en las colonias artísticas de Provincetown y Woodstock y asistió a escuelas «progresistas», incluyendo la Little Red School House de Greenwich Village. Descubrieron que los dos habían hecho propaganda a favor de la España republicana. Pete se sintió atraído por ella, pero era tímido; salieron a tomar hamburguesas unas cuantas veces. La amistad se enfrió un poco cuando Alan Lomax (que estaba en Nueva York por asunto de negocios) presentó a Pete a un fascinante mundo de músicos. Lomax le llevó al apartamento que Aunt Molly Jackson (la esposa de un minero de los Apalaches) tenía en el Lower East Side. Peter conocía las canciones de Molly por su verano en Washington: «I Am a Union Woman (Join the CIO)» y «Pity the Coal Miner». Ella conocía al padre de Pete por el Colectivo de Compositores; los músicos la llamaban «anacronismo viviente», la organizadora de un sindicato minero que escribía canciones sin saber siquiera leer música. (...)

(2)
En aquella época Pete era bastante puritano. No aprobaba el licor, el tabaco, el café, incluso el sexo. A Woody (y a Lee) les encantaba todo eso —ríe Bess[1]—. Pete no insistía sobre el tema todo el tiempo, pero si se bebe, cuesta dinero. No podía aprobarlo sin más.

A veces, Pete regresaba a casa y encontraba vacía la despensa. Woody y Lee estaban sentados en un rincón con una pinta, con el aspecto de dos gatos que acaban de sacar un pollo del frigorífico. Seeger solía estallar.

—Maldición, Woody —gritaba—, no se puede comprar whisky cuando necesitamos cuerdas nuevas —luego daba grandes zancadas por la habitación, regañándole—. ¡No tenemos dinero suficiente para estas cosas! ¡No vuelvas a hacerlo! —A Pete no le importaba sacrificarse mientras los demás lo hicieran.

—Oh, vamos, Pete —se burlaban Woody y Lee—. No tienes ni un solo pelo en el pecho. No eres más que un niño pequeño. Cuando crezcas, verás cómo te gusta saborear un trago o dos.
Después de una conversación como ésta, Seeger salía corriendo al Jefferson Diner, donde Woody había convencido de algún modo al propietario que en su estado natal las hamburguesas se servían con toda la lechuga y el tomate gratis que uno podía comer. Pete Seeger se sentaba allí solo, devorando «Oklahomas» a crédito hasta que una delegación venía para calmarle.

Como los urgía a que limpiaran o redujeran sus bebidas, Seeger era el tipo de compañero de habitación cuyas vacaciones son ocasionalmente bienvenidas. En cuanto a su actitud, podría haberse sentido como en casa en el coro de una iglesia o en un Club 4-H. Aunque Pete aún compartía el dormitorio con Bess, al parecer no ocurría nada más fuerte que tocar el banjo en ropa interior. Por lo demás, Pete ya tenía una novia: la muchacha que había conocido nada más llegar a Nueva York. Había un problema: Toshi era medio japonesa en una época en que los americano-japoneses se habían convertido en el enemigo interior, una «horda amarilla» encerrada en campos en California. «Haremos que se traguen los dientes», decían los americanos después de Pearl Harbor según Times. Cuando el Departamento de Conservación de Tennessee recibió la petición de una licencia de caza para seis millones de «japos», un oficial devolvió la solicitud con la nota: «Temporada abierta para los japos, no hace falta licencia».

Incluso el Partido estaba de acuerdo en mantener en detención preventiva a los americano-japoneses. La situación de Toshi era aún más tensa porque su padre, Takashi Ohta, no era de los que ocultan su pasado. Aventurero exiliado de su respetada familia en Japón, Takashi había recorrido el mundo como soldado de fortuna, combatiendo a las órdenes de Sun Yat-sen, había atravesado el desierto de Gobi, y sirvió en la Marina Mercante Británica. Fascinaba a Peter; su vida era plenamente romántica. Si el padre de Toshi hubiera estado en la costa este, sin duda lo habrían metido en un campo; en Nueva York, el FBI le quitó sus prismáticos, su cámara y su navaja. Para Pete, la controversia solamente hizo a Toshi más deseable. La primera vez que la llevó a conocer a sus padres, su hermanastra Peggy entró en el cuarto de baño sin saber que Toshi estaba allí:

—Estaba allí, sin nada puesto, con el pelo suelto por la espalda. Nunca había visto nada así. Era realmente exótica, muy hermosa.

Ruth y Charles la aceptaron, aunque Constance tenía sus dudas. Una vez, Pete le dijo a uno de sus hermanos que estaba pensando en casarse.

—¿Que te vas a casar? —preguntó su hermano—. Tiene que ser judía o negra... ¿qué es?
—Japonesa —respondió Pete.

Toshi visitaba regularmente la Casa Almanac, y sus regañinas a menudo hacían que Pete bajara a la tierra. El año anterior, había aparecido en un escenario frente a una vivaracha actriz joven, Carol Channing. Toshi se burlaba de él: «Eres demasiado tímido para mirarle a la cara... así que le mirabas el culo». En otra ocasión, cuando estada actuando con vaqueros y botas de caña alta, Toshi le dijo que no se diera ínfulas: «Mira, no eres un obrero, sólo lo estás fingiendo. Todo el mundo lo nota». También le reprendió en lo referente a sus guantes; con el clima más frío, Pete llevaba los guantes de algodón más baratos para darse aire proletario. (...)


(3)
En septiembre de 1946, después de un verano en el que Pete estuvo tan atareado con sus tareas organizativas que apenas vio a su esposa, la pareja apareció en las columnas de cotilleo de New Masses: «Los Seeger esperan a un joven cantante folk». Danny Seeger nació el Día del Trabajo.

Pete y Toshi Seeger se llevaban bien; Toshi celebraba sus propios mítines de People's Songs, en su sótano. Su estilo era escuchar con cuidado antes de decir una palabra, y luego saltar apasionadamente a la discusión. La pareja vivía de forma bastante tradicional; Toshi cuidaba del niño y llenaba un cuenco de ensalada digno de un caballo para los hambrientos invitados, mientras Pete entraba y salía «como un realquilado». En el ejército, Pete no podía esperar el momento de ser padre; ahora ponía el trabajo por delante de la vida familiar.

—Me sentía cargado de adrenalina y saltaba de reunión en reunión. ¡Había que hacer tantas cosas en tan poco tiempo!... Pobre Toshi. Se quedaba en casa cambiando pañales y yo llegaba a la una de la madrugada tras una reunión del comité, para marcharme a otra a las siete de la mañana siguiente. Era un verdadero caso del organizador masculino supremo que espera que su esposa lleve la casa mientras él está cambiando el mundo. (...)


(4)
Toshi, cerca ya de los treinta años, cuidaba de sus dos hijos, que tenían cuatro y dos años respectivamente. Edificó una casa mientras vivía en ella: arreglando las aberturas entre los troncos por donde entraba el viento, cortando madera para la leña, y haciendo recados para sus padres. Además, recogía los mensajes para Pete; el teléfono sonó desde el primer día en que fue instalado, incluso antes de que tuvieran un suelo adecuado en la cabaña.

Cuando Pete volvía a casa después de estar un mes seguido en la carretera, había momentos difíciles, cuando parecía prácticamente un extraño para su familia. La vuelta a casa tenía también sus momentos cálidos y tiernos, como el que  Pete esbozó en su cuaderno. Toshi se sentaba frente a Pete en una de sus pocas sillas, meciéndose y contemplando el suelo con su hija Mika, de dos años, en el regazo. La niña dormía, con los brazos alrededor del cuello de su madre. Al otro lado de la habitación, sus instrumentos puestos a un lado, Pete dibujaba con un lápiz de mina gruesa: la hija durmiendo, Toshi meciéndose amablemente en la semioscuridad, los troncos del patio trasero chisporroteando en el fuego. (...)


(5)
Uno de los factores que cimentaron la relación de Harold[2] y Pete fue su filosofía política común; el representante era, según Joe Klein, autor de Woody Guthrie, «comunista, lo que significaba que se podía confiar en él». Sirvió como confidente informal para los músicos progresistas, convirtiéndose en uno de los únicos representantes encargados de manejar tanto los problemas mercantiles cómo filosóficos de un músico orientado políticamente. Leventhal comprendía por qué a Seeger le gustaba asistir a festivales benéficos, y Pete usaba a Harold como una tabla de salvación para sus excéntricas ideas; si de repente se le ocurría escribir un baile basándose en un estudio de Chopin (cosa que hizo una vez), Harold tenía carta en el asunto (aunque no la última palabra) sobre si publicarla o no. Harold seguía la pista a los amigos de Pete y a sus preocupaciones... y aprendió a llamar a Toshi si necesitaba que Pete firmara algo. Después de años de práctica, Toshi se había convertido en la organizadora que Seeger siempre esperó en ella. Mientras su marido practicaba el banjo en el granero, Toshi cogía un cuaderno, y preparaba su calendario de trabajo, «y que Dios ayude a Pete Seeger si pierde ese libro», rió un amigo de la familia. Cuando Pete se marchaba a actuar, Toshi le metía unos cuantos dólares en el bolsillo.

—Cuando a ella se le olvidaba (y no sucedía a menudo), Seeger terminaba pidiendo dinero para el café. (...)


(6)
En el otoño de 1961, Seeger obtuvo permiso del tribunal[3] para hacer una gira por Inglaterra. En los dos años pasados desde su viaje con Jack Elliot, había desarrollado un amplio seguimiento: cuatro mil personas se congregaron en el Royal Albert Hall de Londres. Inglaterra tenía su propio «Comité Pete Seeger», con Paul Robeson como presidente, el gran cantante de baladas Ewan McColl (ahora esposo de Peggy) como secretario, y Benjamín Britten, Doris Lessing y Sean O'Casey como patrocinadores.

Las cinco semanas en Inglaterra fueron momentos tiernos y preciosos, las vacaciones que Pete y Toshi tanto necesitaban. Ningún Comité de Actividades Anti-inglesas les perseguía; ningún FBI vigiló sus actuaciones. En un coche alquilado, la pareja y su hija de seis años, Tinya, visitaron las 310 acogedoras tabernas que salpican el paisaje inglés. Siguiendo su capricho, se paraban en un pub sin avisar, luego descansaban en un albergue de cama y desayuno, despertándose con el olor del jamón curado en casa y los tomates a la parrilla.

El gélido invierno inglés no había comenzado todavía. Recorrieron el saludable condado de Yorkshire de camino al norte, saboreando el final de un verano indio. Algunos días, las nubes se interrumpían y las carreteras comarcales se inundaban de luz solar. Los enormes campos dorados y antiguas vallas de piedra atraían al folklorista dentro de Pete. Aquí, en los páramos cubiertos de bruma de la frontera escocesa, grandes crímenes y guerras habían producido un centenar de baladas. Al conducir por las desiertas carreteras, Seeger casi podía oír las canciones de falsos caballeros y castillos. A veces, siguiendo una indicación en un pub local, visitaban a un cantante tradicional y oían canciones tal como se cantaban siglos atrás. La música, no las guías turísticas, los condujo a través de lo que Seeger describió como las «abarrotadas llanuras, los valles brumosos de Gales, a través de los páramos barridos por el viento hasta las costas rocosas de Escocia». (...)


(7)
Cuando Pete la conoció en el otoño de  1962, Bernice[4], con diecinueve años, tenía ya fama como cantante por los derechos civiles. Hija de un ministro, Bernice tenía un aire engañosamente tranquilo y grandes ojos amables. Sin embargo, su temperamento podía ser explosivo, y la habían expulsado del Albany State College por manifestarse. Pete la animó a iniciar una asamblea de cantantes del SNCC, quienes podrían extender las canciones de la misma forma que los Almanacs lo habían hecho con el CIO. Bernice tomó el consejo de Seeger al pie de la letra; el día después de que Pete volara a Nueva York, se dio de baja en Spelman College, hizo las maletas y dejó el sur. Llamó a Toshi Seeger a larga Rancia y le pidió que preparara una gira de los Freedom (Cantantes por la Libertad), como los llamó. Toshi se convirtió en la representante no pagada del grupo, y Bernice en miembro de la familia Seeger.

El movimiento pro-derechos civiles se convirtió rápidamente en una prioridad principal en la vida de Pete y Toshi. El trabajo de Pete se había duplicado súbitamente, pues y Harold le habían llenado de actuaciones, ya que pensó que pronto podría acabar en la cárcel y necesitaría el dinero extra. Cuando su encarcelamiento fue anulado, quedó obligado a aparecer. Seeger convirtió estas citas en un fórum musical pro-derechos civiles, llevando las canciones por la libertad como un jardinero trae semillas de verdura. Promovió el interés, pero el maratoniano calendario casi acabó con él.

Judy Collins visitó la oficina del Festival de Newport en Nueva York y encontró a Pete dormido en el suelo, demasiado cansado para regresar conduciendo a Beacon. Finalmente, Toshi advirtió a su marido:

—Mira, tienes que reducir el ritmo... vas a caerte muerto si no lo haces.

Pete hizo todos estos viajes sin equipo de carretera o representante por compañía; a menudo, Seeger marchaba solo del café de un aeropuerto a otro, con el banjo colgado al hombro. No había entusiasmado a su público en Albany, pero estos viajes de penitencia produjeron conversos por todo el país.

Naturalmente, Pete no era el único atareado... buscar actuaciones para los Freedom Singers resultó ser un trabajo completo. En una ocasión, Toshi les dijo: «Será mejor que vayáis al baño ahora, porque el calendario del mes que viene está tan abarrotado que puede que no tengáis otra oportunidad». Toshi sabía lo que estaba haciendo; durante quince años, había hecho el mismo trabajo para Pete. Aquella factura que él había enviado a casa desde el ejército se había visto unida por miles de otras y archivadores llenos de correspondencia. Toshi sabía qué auditorios sonaban mejor, quién aceptaría un precio bajo por una sala, incluso con qué periodistas contactar. Por una vez, se arrojó a una causa independiente de la carrera de su marido. Un amigo organizador llamó a su trabajo «una perfecta unión de la vieja y la nueva izquierda. Nadie se marchaba sin instrucciones, llamadas, comida después del espectáculo, y billetes de avión para la actuación siguiente. Todas aquellas habilidades organizativas de la vieja izquierda y los sindicatos empezaron a fluir a través del SNCC». (...)


(8)
A finales de los años sesenta, Toshi Ohta Seeger se había encontrado dirigiendo a la vez la vida de su marido y quejándose sobre ella. La consciencia doméstica de Pete había progresado ahora hasta el punto que escribió, con ese humor incómodo que los hombres adoptan al responder a los desafíos feministas: «La mayoría de los hombres sólo encadenan a sus esposas a un fregadero. Yo además he encadenado la mía a un despacho». Como Toshi era una mujer, y no le gustaba la publicidad, nunca recibió su reconocimiento. Como productora de Pete, se aseguraba de que estuviera en el lugar adecuado en el momento adecuado con el talante adecuado, y que supiera dónde iría a continuación. Cuando se producían problemas, ella cargaba con las culpas. A la hora de pagar los impuestos, cuando su tímido cantante no podía aceptar cuánto dinero había ganado (o peor, cuánto le daba al gobierno para la guerra), Toshi colocaba una página en blanco en el impreso cuando Pete lo firmaba. Darse cuenta de esta dependencia le lastimaba. Pete sabía lo que Toshi hacía por él y la deuda que tenía con ella.

—¿Es realmente necesario tener un Mánager Personal, un Agente de Publicidad, un Mánager de Carretera, y un Contable (Toshi cumplió ocasionalmente todas las funciones). ¿Dónde va a terminar todo esto? Tal vez debería hacer siete copias en papel carbón de mí mismo...  y así permitirme la enorme organización, el Imperio que gira a mi alrededor.

Sus palabras tenían un tono amargo; había estado oyendo quejas sobre su «inaccesibilidad». Como guardián de Seeger, Toshi y Harold se habían convertido en una combinación que un asociado enfadado llamó «el puño y el guante de hierro». No obstante, si Toshi y Harold aceptaban este papel, era porque Pete abdicaba. Los necesitaba, pero su de pendencia tenía dos efectos, como dejó claro un comentario de Irwin Silber: «Supongo que todos los que hemos tratado contigo a lo largo de los años como editores, directores, productores y mánagers somos partícipes de una misma clase de decepción... Estoy seguro de que eres consciente de cómo la mayoría de la gente en tu vida tratan constantemente de manipularte, igual que tú haces con ellos, estoy seguro, en tu caso quizás por un propósito 'más grande', en el de ellos por causas más mundanas y privadas».

Mientras Pete digería comentarios como éste, Toshi continuaba dividida entre absorber y rechazar la carrera de su marido. Rara vez hablaba con periodistas, pero cuando lo hacía,  sus observaciones eran ciertamente originales.

—Odio cuando la gente lo idealiza —le dijo a un sorprendido periodista del Chicago Tribune. Es como cualquier persona en su oficio, como un buen operario en su bulldozer.

En otra ocasión, cuando le preguntaron por qué Seeger había conservado su popularidad a lo largo de los años, respondió que sus fans estaban «chalados». ¿Ha dado alguna vez Pete un mal concierto?

—Cuando habla demasiado, cuando no canta —dijo ella. Discutiendo en torno al machismo, reprendió a su marido:

—Debería escribir «cerdo» en la espalda de tu camisa.

El periodista, obviamente, había tocado un punto sensible.

Dejando a un lado sus raras puyas, su relación funcionaba bien; si Toshi hubiera recibido reconocimiento (que evitaba), el acuerdo podría haber sido perfecto.

—Toshi ha sido una compañera, no una compañera para andar por casa, sino una compañera real —dice Judy Collins—. El hecho de que él esté en el escenario y ella no, no significa nada.

En ocasiones, Toshi se convertía en el superintendente de Pete; sin embargo, en ciertos asuntos él era indomablemente testarudo. Cuando se trataba del deber, no había forma de discutir con Pete. Y no era un hombre fácil con el que vivir; no bebía café o licor, no fumaba, y no le gustaba escuchar discos o ir al cine. Asistir a conciertos con él podía ser ofensivo; Pete sonreía con desdén cuando los músicos no calculaban bien el tiempo, o cuando interpretaban mal a su público. A pesar de todas sus esperanzas en la televisión, no podía estar sentado en silencio ante el aparato más de media hora; al rato se levantaba a apagarlo. Por otro lado, si te gustaba estar sentado ante la chimenea y tocar el banjo a todas horas de la noche, era el compañero ideal.






[1] Bess Lomax Hawes (1921 – 2009). Cantante y folklorista. Miembro de Peoples songs. Hermana de Alan Lomax.
[2] Harold Leventhal (1919 – 2005) Productor y mánager de Pete Seeger y de otros muchos músicos y cantantes de jazz y folk.
[3] El Comité de Actividades Antiamericanas había condenado a Pete Seeger a un año de cárcel, pena que se había recurrido y que posteriormente sería sobreseída.
[4] Bernice Reagon (1942). Activista por los derechos civiles y cantante. Miembro en aquel momento de The Freedom Singers y posteriorme del grupo negro femenino Sweet Honey in the Rock.

martes, 28 de enero de 2014

Pete Seeger. La canción como militancia

Pete Seeger. La canción como militancia







"...Sabes que está más oscuro antes de amanecer.
Esta idea me mantiene en movimiento.
Si pudiéramos hacer caso a esas advertencias,
el momento es ahora,  bien temprano por la mañana...

Y por eso continuamos mientras vivimos,
hasta que no tengamos nada,  nada más que dar.
Y cuando estos dedos no puedan ya tocar,
pasaré la vieja guitarra a otros dedos más jóvenes..."



Con Pete Seeger desaparece una cierta manera de entender la música popular. Dejando su ejemplo como herencia que alguien recogerá, con su fallecimiento muere también toda una etapa de la canción popular entendida como militancia. Y con esta palabra no quiero referirme sólo a la conciencia política ni a la lucha por construir un mundo mejor que caracterizaron su vida y que caracterizan (y caracterizarán, espero que aún por muchos años) su obra, sino a una militancia en la propia canción como forma de expresión y de comunicación. Para él, más importante que el cantante era la canción, y más que la canción, la gente. Por eso, sin duda, la parte más importante de su carrera, la que, al menos a él más le importaba, era la de hacerles cantar. No escuchar, cantar ellos mismos. En el recital y fuera de él.

Para Pete Seeger, las canciones formaban parte indisoluble de la identidad de los pueblos y las personas que los integran. Las canciones han acompañado al ser humano desde los albores de su existencia. Le han servido para expresar el amor y la tristeza, para celebrar los nacimientos y condenar las guerras, para llorar en soledad y para bailar las fiestas, dormir a los niños, recoger la cosecha, reivindicar salarios, brindar en las borracheras, rezar en las iglesias, avanzar en las manifestaciones, fabular milagros, narrar aventuras con finales felices o terribles, reír, soñar, cortejar, despedir a los muertos queridos.

Y para todo ello no son necesarias radios, ni discos, ni siquiera youtube. Tan solo una guitarra, o una ocarina, o un timple. O la sola voz. Porque las canciones de verdad, las que nos conmueven, nos alegran el día o nos cargan de mala leche están en nosotros mismos, en cada una de las personas que alguna vez nos hemos emocionado escuchando una canción que nos ha retratado a nosotros mismos. A partir de ese momento la canción es nuestra, y sólo hay que cantarla para resucitar los sentimientos que produjo en la primera audición.

Recordemos que quienes hoy todavía cantamos “No nos moverán” en concentraciones que aún suelen acabar con demasiada frecuencia en carreras, se lo debemos a Pete Seeger. Todos hemos aprendido la canción de alguien que se la había escuchado a otro que la había recibido de uno que la había aprendido de Seeger, a quien a su vez se la habían enseñado los sindicalistas que la habían adaptado de un viejo himno negro de liberación. Si Pete Seeger ha conseguido esto, o ha contribuido a ello, sin duda se va como un triunfador. No hay otro éxito comparable.

Personalmente creo que está es la enseñanza más importante que yo he sacado de años y años de escuchar sus canciones y leer sobre él. En estos tiempos en que la canción es, más que nunca, una especie industrial en vías de extinción, considero que no es una mala lección, de la que pienso que deben tomar nota los nuevos músicos populares y cantautores. Es bueno cantar sobre un escenario las canciones propias o ajenas. Pero lo sustancial sigue siendo que los de abajo, los sin foco, hagan suyas las canciones y las canten cuando las necesiten. Para eso existe la canción.


"...Soy un tipo corriente,  he trabajado toda la vida.
Alguna vez me asentaré con mis hijos y mi esposa.
Me gusta ver una película, tomar un  trago,
y me gusta ser libre para decir lo que pienso.
Debe ser cosa de la familia...
mi abuelo cruzó el océano por esa misma razón...

Nunca he sido de los que se quedan atrás
y dejan que los demás hagan todo el trabajo,
así que cuando llegue el momento, estaré dispuesto.
Y puedo hacer buen uso de mis dos manos.
Dejaré de tocar este banjo con los muchachos,
y lo cambiaré por algo que haga más ruido..."


domingo, 14 de abril de 2013


Pete Seeger o la fidelidad







Con Arlo, el hijo de Woody. 
La melodía también fue utilizada por John Ford
en 1939 en "Las uvas de la ira".
No era casual. Ford ayudó a la República
e incluso le donó una ambulancia


Siendo Seeger uno de los cantautores que mayor respeto me merecen y cuya obra más admiro, no he llegado a conocerle nunca, pese a que no faltaron ocasiones. La primera vez que él vino a España en 1971, yo estaba en el trullo (Elisa Serna fue a contarme luego la reunión que Adolfo Celdrán y ella habían tenido con él). La última, cuando hace 20 años se celebró en Barcelona el 25 aniversario de “Al vent”, la canción de Raimon. Pude pasar después del concierto detrás del escenario y saludarle, pero no lo hice. Me hubiera gustado tener una larga conversación con él, claro, pero darle la mano y decirle “Mr. Seeger, le admiro mucho, deme dos besos que no me voy a lavar la mejilla en un año” me parecía una chorrada mitómana. Y chocheo un poco, pero todavía no me ha alcanzado esa enfermedad.

Pete Seeger cantaba dos canciones en uno de los tres primeros discos que compré de una tacada en mi vida. Debió ser en 1966. Los otros dos fueron “Byrd” de Charlie Parker y “Cuadros de una exposición” de Mussorgsky. El tercero era un colectivo de folk estadounidense en el que, aparte de Seeger, estaban, que recuerde ahora, Dylan, Johny Cash  y P.F. Sloan. Dos o tres años después, Joaquín Díaz facilitó la publicación de sus primeros discos en España, en el sello Movieplay, y casi al mismo tiempo hice amistad con Fernando Santos Fontela, que vivía en USA y que publicó, con el seudónimo de Ramón Padilla, el libro “Canciones de protesta del pueblo norteamericano”. El me trajo un montón de discos que incluían joyas de Peter Lafarge, Malvina Reynolds, Sonny Terry, Paxton, Ochs, Collins, Richard y Mimi Fariña, Julius Lester, Guhrie… Y por supuesto Seeger. En fin, que me puso en casa.

Con estos antecedentes escribí el primer artículo sobre él que recuerdo. Fue en DISCÓBOLO, en …., y lo hice a medias con Álvaro Feito, también colaborador de la revista y cuya mano veo ahora al releerlo, especialmente en el profundo conocimiento del cantante que muestra el texto. Fue la primera vez que escribimos juntos, una costumbre que después, con Tina Blanco convirtiendo el dúo en terceto, repetimos con frecuencia bajo el seudónimo colectivo de Equipo Ernesto Sandino (para disimular el rabo y los cuernos). Le siguen dos escritos de 1984, publicados, respectivamente, en EL PAÍS y MUNDO OBRERO.

Si no leéis los textos no me importa demasiado, ahora sí, como no escuchéis y veáis las canciones que adjunto me voy a coger un cabreo de tres pares de narices.




DISCÓBOLO. 11 DE ABRIL DE 1970

"Venceremos, venceremos,
venceremos  algún día.
En el fondo de mi alma
estoy convencido
de que venceremos...”
Pete Seeger, "We shall overcome".

LOS jóvenes nos dan una lección". Son palabras de un hombre joven de cincuenta años en el intermedio hablado de la famosa canción Triunfaremos (We shall overcome) --auténtica canción folklórica del siglo XX, creada anónimamente hacia 1945, y hoy definitivamente aceptada para siempre -- , que figura en el disco de 30 cm. que se va a lanzar inmediatamente al mercado español, si no lo ha sido ya cuando estas palabras sean leídas. Un magnífico disco, conteniendo, además, temas como ¿Qué se hizo de las flores?, Turn, turn, turn y Guantanamera, que son, probablemente, las cuatro canciones más divulgadas y popularmente conocidas del gran musicólogo y folklorista norteamericano de entre sus miles de canciones adaptadas, creadas o interpretadas por él. Sí, habéis leído bien: miles. Y no es cifra ni efectista ni falsa. Es la cifra necesaria para llenar el contenido de los cien LP's que Pete Seeger ha grabado a lo largo y ancho de su inagotable, incansable vida de hombre bueno entregado a dos pasiones: la música y la justicia, el arte y el hombre; las dos cosas más grandes creadas por Dios en esta vida, tan a menudo triste y vacía, por causa, precisamente, de la explotación del hombre por el hombre, y por la carencia de belleza.

TRAYECTORIA

Procedente de una familia eminentemente incrustada en la música, siendo su padre, Charles, un estudioso profundo de las tradiciones orales de su país, y su madre una consumada intérprete de violín y "fiddler", se puede decir de Pete Seeger que es el punto de partida de un nuevo hombre de nuestro tiempo, en el aspecto artístico-musical. Con los precedentes de Joe Hill y Woody Guthrie, cuya vida y amistad compartió durante muchísimos años; con los trabajos en común junto a los Almanac Singers (1941-42) y a los Weavers (1949-1953) ; con su actividad en las editoriales de Canciones del pueblo, Sing Out y Broadside --de la que es, desde 1962, asesor--; con sus cientos y cientos de recitales en Universidades americanas e inglesas; con su enorme cantidad de giras a través del país, y de toda la tierra; con su trabajo en favor de los movimientos progresistas y partidos políticos avanzados y, sobre todo, con su sola presencia y la presencia física de sus canciones, de sus cientos de temas, con todo ello, la vida de Pete Seeger queda resumida en breves líneas, como seguramente él desearía, pero lo que no puede quedar resumido, sino ligerísimamente apuntado, es la categoría del hombre que tenemos delante. Esa categoría de hombres de las que tan necesitados andamos para volver a recuperar la fe perdida en una condición pecadora y justamente desprestigiada, por cuanto en cientos de siglos no ha sabido aún desterrar de entre sí la envidia, el rencor y la maldad, vértices engendradores de ese triángulo fatal que es opresión-miseria-guerra.

"HIPPY"

Las últimas apariciones de Pete Seeger, en los conciertos contra la guerra del Vietnam, en las gigantescas manifestaciones del "Moratorium Day" el pasado mes de noviembre en Nueva York, o en la campaña de reivindicación de los derechos de las minorías indias, nos han presentado al veterano Pete con un aspecto más jovial que nunca: con una espesa barba, con camisas de florecillas. Con la juventud, en una palabra, como siempre. Ahora, la juventud pura e idealista usa de aquellos símbolos para hacerse reconocer, y Pete está con ellos, precisamente en lo simbólico. La diferencia esencial con el "hippy" está en que Pete va más allá de esa superficialidad, y sigue trabajando como siempre de forma material en pro de unos objetivos ansiados, pero que hay que conquistar con esfuerzo, no simplemente con buenos deseos.

TOTALIDAD

Del mismo modo que los novelistas de nuestro tiempo persiguen la "obra total, la novela completa", Pele Seeger y su música ofrecen un aspecto integrador, totalizador de tendencias y formas. Como decía Malvina Reynolds: "No importa que nos llamen cantantes folklóricos, o lo que quieran; lo importante es que canten nuestras canciones".
En efecto, se debate hoy mucho acerca de términos como "pureza" en la canción folklórica, "sofisticación", "desviacionismo", etc., por aplicar términos algo más definidos que los aceptados masivamente por "canción protesta", "folklore", "canción tópica", etcétera. Cuando lo que importa no es tanto el continente, la denominación, cuanto el fondo, la expresión.
Por eso Pete Seeger se debe reír cuando los puritanos de siempre se escandalizan de oírle cantar Give peace a chance, por cuanto no se trata de una canción folk ni por asomo, sino de una canción pop.

CANCIONES

La capacidad de trabajo de Pete Seeger es asombrosa, como ha quedado demostrado al hablar de su dedicación al mundo de la canción; sin embargo, donde más clara queda su ductilidad, su variedad, y también su profundización en todos los temas que trata, es, sin duda, al escuchar sus discos grabados y las canciones c¡ue en ellos canta: sus discos abarcan todos los temas y formas imaginables, desde una lección de tocar el banjo (disco Folkways F18354), recitales en directo (disco CBS 5262J), pasando por todo tipo de experiencias y particularidades.

Algo parecido pasa con las canciones que interpreta. Mientras que otros cantantes del pueblo interpretan sólo sus propias composciones, o exclusivamente creaciones ajenas, sean o no folkóricas, Pete Seeger es el cantante que cuenta en su repertorio con casi todas las canciones del mundo, folklóricas (Oh Lousianna, Suliram, etc.), de autores modernos, como Tom Paxton (That's what i learned in school --Qué aprendiste en la escuela--), Les Rice (I can see a new day --Puedo ver un nuevo día--), o de Bob Dylan (Who killed Davey Moore --Quién mató a Davey Moore--), hasta llegar ahora a canciones pop, como Give peace a chanche. También compone sus propias canciones, bien sobre textos propios (Quién mató a Norma Jean, Metidos hasta la cintura en la ciénaga), o daptando poemas de autores conocidos, aunque no sean norteamericanos, tal es el caso de Nazin Hikmet, el gran poeta turco, con un texto sobre el cual ha compuesto la canción I come and stand at every door, o del ruso Sholojov, del cual está sacada su famosa canción ¿Qué se hizo de las flores? Si Pete Seeger fuera el único cantante del que quedaran discos en un futuro, podríamos reproducir toda la historia del folk americano a través de las canciones que él canta.

Igual sucede con los temas; Pete Seeger no es un cantante limitado por este o aquel tema; sus recitales y sus discos incluyen canciones de todo tipo: de amor (Mail myself to you, de W. Gulhrie); de protesta social (Mrs. Clara Sullivan's letter); sobre el problema racial (Si te sientas en la parte trasera del autobús); sobre el Vietnam (Si queréis a vuestro Tío Sam); canciones humorísticas, como The foolish frote, sobre una historia de su padre, y también canciones religiosas, como Turn, turn, turn. También merece especial mención su destacada atención por las canciones en castellano, de las que no suelen faltar en ninguno de sus discos. En todos ellos incluye   generalmente una en nuestro idioma, que va desde la clásica canción de niños, El parque Elysian, a las más comprometidas, Viva la quince brigada, y otras muchas, como Guantanamera, Cielito lindo, Qué bonita bandera,  etc.

Pete Seeger era hasta el año pasado uno de los cantantes peor representados en España; únicamente dos canciones suyas (Que se hizo de las flores y Mealing River) fueron incluidas en 1966 en un disco antología que, bajo el título "The best of Folksong", y también recogía canciones de Dylan y Johnny Cash, entre otras. Pero el año pasado han aparecido tres LP's, y está a punto de aparecer el cuarto, que sin duda será el mejor de ellos. Los tres discos aparecidos son muy distintos; uno de ellos, "Cantemos con Pete Seeger Vol I", editado por Movieplay, es uno de los primeros álbumes que grabó en su vida; predominan las canciones folklóricas y tiene un gran valor histórico; el volumen dos de la serie es un recital en directo, que permite apreciar la forma de hacer de Pete Seeger. El tercer álbum aparecido, éste con CBS, es también un recital en directo; se litula "3 saints, 4 sinners and 6 other people", y recoge canciones de diferentes autores, Guthrie y Sis Cunningham, entre otros.

FIDELIDAD

Pero este hombre permanece fiel a sí mismo. En cada época de su vida adoptó una postura, la que creía más conveniente, y ahora, de nuevo, no la va a variar porque existan los clásicos aguafiestas, los eternos ignorantes. Con músicas antiguas o con músicas nuevas, las letras de sus canciones serán invariables. Irán dirigidas a los sentimientos más humanos, si es que aún no están totalmente desgastados o deformados. Y gritará y gritará, continuará gritando contra la bomba atómica como lo hizo el mismo día de Hiroshima; gritará contra el totalitarismo de Hitler y el dogmatismo estalinista: gritará contra la represión, contra el fascismo de nueva hornada que suponen los tecnócratas y el imperio de los ordenadores electrónicos; gritará contra todo lo que suponga una mutilación de los derechos humanos en toda su amplitud, como la última de sus canciones, publicada en "Broadside", acompañada, además, de un artículo en la que se manifiesta contra el control de natalidad, asegurando científicamente que "un millón de bebés yanquis causan mayores problemas que cien millones de niños indios, porque el niño indio trece de forma natural comiendo arroz v calentándose con el fuego de carbón, mientras el bebé americano necesita de cientos de toneladas de gasolina, aceite, y todo lo demás, con la consiguiente polución del aire'', para acabar concluyendo: "es la gente rica de todo el mundo la que debe empezar a limitar su propagación".
Palabras inteligentes llevadas a inteligentes canciones que, precisamente por todo eso, siguen siendo boicoteadas por parte del "establishment", cuando no la represión violenta o el encarcelamiento. Todo eso lo ha vivido Pete, y no por ello ha cejado nunca en su empeño de luchar con todas sus fuerzas por la desaparición de las diferencias, el racismo y las injusticias que pueblan este ancho, largo, ajeno mundo.










EL PAÍS. 13 OCTUBRE 1984

Pete Seeger es uno de los últimos mitos vivientes que quedan en la música popular de este tiempo, si es que en este tiempo son posibles los mitos y si puede ser mítico alguien tan cercano y tan poco dado a dejarse mitificar como él. En su figura se dan, no obstante, algunas de las características que le sitúan como un personaje que ha entrado ya en la leyenda, configurando una imagen que sólo puede darse en la proyección histórica, entre la bruma de lo desconocido y el atractivo de lo irrepetible.

En Seeger confluyen la tradición del folk americano, su larga, complicada y atrayente historia, y la modernidad de un hombre que durante más de 40 años ha sabido estar siempre renovándose, a la vanguardia de una música que, sin ser vanguardista en el exacto sentido del término, se ha venido transformando y adaptando al paso del tiempo. Su obra se ha editado en España poco y mal, sin ningún orden ni sentido, como corresponde a una música marginal que no goza del beneplácito de la moda, pero de la que se puede decir, como decía aquel oyente del bluesmen Jimmie Rodgers: "Me gusta porque todo lo que canta es verdad". Discoplay, editora española del sello Folkways, viene regalándonos de manera inteligente y ordenada una buena parte de la discografía del cantante americano. Son discos de distribución especializada y restringida, pero no por ello menos recomendables. Al contrario, precisamente por ello, y por no tratarse de una editora estrictamente comercial, constituyen un esfuerzo doblemente valioso.

La fuerza expresiva de Pete Seeger surge con todo su poder en las grabaciones en directo, en las que se puede disfrutar de la capacidad de comunicación que derrocha el cantante. Su facilidad para conectar con el público, su versatilidad interpretativa, su expresividad directa e inmediata, su virtuosismo con la guitarra y el banjo y su sentido de la canción como algo compartido y liberador, brilla en sus discos en directo con especial fulgor.

Los dos álbumes que comentamos --grabado el primero de ellos en un pequeño club de folk neoyorkino, el Village Gate, con la colaboración de esos dos grandes bluesmen que son Memphis Slim, piano, y Willie Dixon, bajo, y el segundo en el Carnegie Hall, con la valiosa intervención del cantante y armonicista Sonny Terry-- son la quintaesencia de su arte. Canciones populares, alguna composición propia, blues, gospel, espirituals, música blanca y temas de Woody Guthrie, pasan por el tamiz de la voz personalísima, matizada y rica de Pete Seeger, dejando un regusto de reunión entre amigos, de cotidianeidad inimitable en la que poco importa que las grabaciones, como corresponde a la técnica del momento en que fueron hechas --mediados de los cincuenta-- no tengan la perfección sonora que hoy se puede conseguir.






MUNDO OBRERO. 2 MARZO 1984

La América que invade Granada como antes invadió la República Dominicana o Vietnam, la que quiere destruir el proceso revolucionario en Nicaragua e impedir que se dé en El Salvador. Pero hay también otra América que se puede amar, la de aquellos que en el centro mismo del imperialismo se enfrentan a los valores del Imperio, es la América de Jane Fonda y Pete Seeger, la de Angela Davis y Malcolm X, la de tantos ciudadanos, artistas o no, que siguen defendiendo, en las peores condiciones posibles, la lucha por la igualdad, la libertad y la justicia. Es la América de estos dos discos que acaban de salir a la venta y que nos devuelven la historia de las viejas luchas sindicalistas y por los derechos civiles.

Canciones del sindicalismo americano

La distribuidora española del ello americano Folkways sigue empeñada en ofrecernos discos que se salen de los cauces comerciales, que aportan una concepción cultural, histórica y políca de la canción estadounidense. El primero de ellos es este “Talking Union and other Unions songs", que reúne una selección de canciones sindicalistas, . creadas en el fragor de las luchas obreras desde principios de siglo lasta los años cuarenta, fecha en la que se grabó el álbum, interpretadas por los Almanac Singers.

"¿De qué lado estás tú?" es la pregunta que se hacían en una canción escrita en 1932 los mineros en huelga de Harlam County (Kentucky), tras una represión que costó más de doce obreros asesinados por los pistoleros de la patronal. Joe Hill, cantante sindicalista que murió asesinado en 1917, contaba en "Casey Jones" la historia de un esquirol que al intentar subir al cielo era repudiado por los propios ángeles, y Woody Guthrie, en 1940, hacia en su hermosa e impresionante "Union Maid" un canto a las mujeres que luchaban en los sindicatos, tras una actuación suya y de Pete Seeger en el transcurso de una huelga. Y estas canciones son ya historia, y la interpretación de los Almanac Singers, asociación de cantantes sindicalistas entre los que se encontraban, cómo no, Guthrie y Seeger, los grandes cantantes de blues Josh White y Leadbelly, Lee Hays y Bess Hawes, entre otros, nos muestran lo mejor de un pueblo americano que no se ha dejado vencer y cuya lucha permaneció viva aún después de la dura represión mcarthysta y hasta nuestros días. Este disco es un recordatorio y un ejemplo. Escuchar la versión original del "No nos moverán", que tantas veces se cantó en España mientras que, paradoja de las paradojas, se corría delante de los guardias, es un recordatorio de que se puede odiar el Imperio, pero no al pueblo americano.

Pete Seeger. Los derechos civiles hechos canción

Porque, además, esa capacidad de resistencia al sistema no se agotó en los cuarenta, sino que ha seguido hasta nuestros días. Las figuras de John Lennon, Country Joe, Jefferson Airplane y tantos otros son sólo la muestra de una actitud ética que ahora aparece explicitada en el segundo de los discos que comentamos, el primer volumen de las baladas de Broadside, revista que de mediados de los setenta hasta la década siguiente aglutinó a los más veteranos de la canción reivindicativa americana e incorporó nuevos nombres.

En este disco aparecen canciones de Seeger, de nuevo, de Phil Ochs, Mark Spoelstra, Happy Traum o Peter Lafarge, que cantan, con belleza y decisión, contra el racismo y contra la guerra, la injusticia. Tal vez destaquen sobre el resto las primeras grabaciones que hiciera Bob Dylan, que por problemas de contrato con la multinacional CBS debió ocultar su nombre bajo el seudónimo de Blind Boy Grunt.
Discos, en definitiva, para escuchar, reescuchar, disfrutar, admirar y aprender.



Como casi final, aquí va una muestra de vitalidad y fidelidad a la canción única. El 28 de febrero de 2012, q punto de cumplir 94 años dando una conferencia-recital a un grupo de estudiantes. Les habló del poder de la música. Ojo al final extraordinario, con el viejo haciendo cantar a todo el auditorio Whe Sall Overcome.




Y ahora sí. En 1965/66 Pete Seeger dirigió y presento en cadena pública televisiva de Nueva York y en otras onces estaciones el programa Raimbow Quest (La búsqueda del Arco Iris. Fueron 39 emisiones que han quedado registradas para la historia y que vistas hoy --cosa que se puede hacer pues la mayor parte de los programas, o al menos fragmentos, están colgados en Youtube-- aparecen como un modelo televisivo y musical basado en la simplicidad y la comunicación. Una mesa, tantas sillas como invitados, el presentador y sus invitados que van cogiendo y dejando sus instrumentos, charlando y cantando en un tono informal y distendido. Nada más y nada menos. Pasaron por el espacio todo tipo de cantantes de folk, de blues o de country, en una lista en la que figuran The Clancy Brothers and Tommy Makem, Tom Paxton, Elizabeth Cotton, Jean Ritchie and Bernice Reagon, Malvina Reynolds, Jack Elliott, New Lost City Ramblers, Doc Watson, Mimi and Richard Fariña, Patrick Sky, Len Chandler, Donovan, Shawn Phillips, Reverend Gary Davis, Judy Collins, Sonny Terry & Brownie McGhee, Mississippi John Hurt, Buffy Sainte-Marie y Johnny Cash & June Carter. Un cartel de lujo del que os dejo aquí al matrimonio Cash con la invitación de que a través de ellos lleguéis a los demás. Merece la pena.