miércoles, 12 de marzo de 2014

Tres entrevistas de cine. Basilio Martín Patino, Vicente Aranda, Mariano Ozores

Tres entrevistas de cine. Basilio Martín Patino, Vicente Aranda, Mariano Ozores



De no haber sido saltimbanqui y prestidigitador, lo que de verdad me hubiera gustado en esta vida es ser director de cine. O escritor. O crítico musical. Lástima que en mi máxima aspiración tuviera que conformarme con escribir de vez en cuando algunos comentarios de películas, o, como es el caso, algunas entrevistas sobre el tema, de las que aquí reproduzco tres con otros tantos directores que, por un motivo u otro, me resultan especialmente interesantes o simpáticos. Fueron publicadas en El Periódico de Catalunya, y se corresponden con trabajos periodísticos, es decir, son breves y sin intención de profundidad, pese a lo cual creo que alguna cosa interesante quedo dicha en ellas.


Nueve cartas a Berta”, el primer largometraje en 1966 de Basilio Martín Patino fue durante bastantes años la película que más veces había visto. Creo que contabilicé siete casi seguidas. No diré que fuera la primera película que me descubrió que podía existir un cine español distinto al de los niños cantores, las glorias imperiales y las gestas santificadoras, pues ya debía haber visto “El verdugo” (Berlanga/Azcona, 1963) y “El cochecito”, (Ferreri/Azcona, 1960) que me habían impactado, pero el filme de Patino retrataba a una juventud universitaria con la que, aunque de origen muy distinto al mío, compartía inquietudes y preocupaciones, haciéndome también yo muchas de las preguntas que se hacía Emilio Gutiérrez Caba en la película. También me llamó la atención, aunque entonces, con 17 años, quizás no fuera capaz de apreciarlo, el atrevimiento formal que suponía su estructuración alrededor de los siete monólogos en off que le dan forma, entre otras características que la distinguen del resto de producciones de lo que se llamó Nuevo Cine Español.

Desde aquel momento intenté seguir su filmografía, cosa no siempre fácil, pues nunca ha alcanzado su trabajo la repercusión pública del de otros compañeros de generación, tal vez por aquel atrevimiento formal inicial, que se fue acentuando en producciones posteriores, y que queda patente tanto en sus obras de montaje documental (“Canciones para después de una guerra” (1971), “Queridísimos verdugos” (1973) y “Caudillo”(1974) como en las de ficción-realidad que son “Madrid” (1987), “Octavia” (2002) y la propia “La seducción del caos” (1991), cuya emisión en televisión, medio para el que estaba pensada, motivó la entrevista. Su último trabajo, que demuestra su talante moral y político, ha sido, cuando tenía 82 años de edad, el documental “Libre te quiero”, sobre las movilizaciones sociales del mayo de 2011 llamadas del 15-M.

Como no he encontrado en internet “La seducción del caos”, lo cual viene en demérito de TVE que no la ha incluido en su archivo habiendo participado en su producción y exhibición, me permito dejar aquí un hermoso fragmento de “Octavia”.




EL PERIÓDICO. 23 ENERO 1992

La seducción del caos, película dirigida por Basilio Martín Patino para TVE, se estrenará en La 2 el 14 de febrero, día de los enamorados. El filme, que se entregó a TVE antes del verano, esperaba turno para su emisión, que parece haberse encontrado a partir de su éxito internacional al haber recibido el máximo galardón en la categoría de ficción en el reciente Festival Internacional de Programas Audiovisuales (FIPA) de Cannes. En este certamen también fue premiada la serie El Quijote, asimismo de TVE.

Basilio Martín Patino rodó en 1965 su primera película, Nueve cartas a Berta, estandarte de lo que se llamó nuevo cine español. Desde entonces, y con filmes como Canciones para después de una guerra, Los paraísos perdidos o Madrid, ha ido alejándose de los formatos convencionales. En la actualidad, asegura no encontrar claros los límites entre la realidad y la ficción: "Todo es ficción y todo es realidad. Ése es el juego que me traigo entre manos: que el espectador asimile la realidad como ficción y al contrarío, sin saber muy bien dónde están los límites".

"Porque en la vida real -continúa el cineasta- y sobre todo en la información que recibimos a través de la TV, una y otra se confunden. Hay noticias que no se sabe si son ficción y dramáticos que te acercan a la realidad de una manera incluso cruel La seducción del caos es un juego sobre la realidad y la apariencia, un enmascaramiento consciente de la realidad".

La película, surgida como encargo de TVE a raíz del rechazo de una serie que él mismo había ofrecido, ha sido producida por La Linterna Mágica, una productora independiente fundada hace unos años por el propio Martín Patino y otros cineastas (José Luis García Sánchez y Pablo Martín Pascual) con la que también había rodado sus anteriores películas y otras producciones.
En La seducción del caos, Martin Patino ha grabada en video, sistema en el que está interesado desde hace tiempo por las posibilidades que ofrece de nuevas formas estéticas: "Si en Canciones para después de una guerra hubiera dispuesto de video, habría rodado en ese sistema, porque siempre me ha gustado retocar la imagen, variarla y alteraría, y el video permite hacer cosas que en el cine son imposibles".

Por otra parte, Martín Patino asegura no haberse planteado de antemano las diferencias entre cine y televisión, tema que apasiona a los comunicólogos y que él prefiere dejar en sus manos. "No soy consciente -afirma- de que cine y TV sean lenguajes diferentes, al fin y al cabo se trata de establecer una relación de complicidad con el espectador que permita la comunicación de lo que pretendes decir. En este caso me he planteado hacer una película normal de hora y media de duración, y el hecho de que sea para TV no ha variado mi planteamiento inicial".

Aunque precisa que al ir haciendo el filme "sobre todo en el montaje, sí surgen ciertos problemas que hay que resolver pensando que se va a ver en casa y no en una sala de cine: cosas de la planificación o del montaje. Quizás el lenguaje del cine es más retórico que el de televisión, que permite muchas más libertades, acudir a elipsis más frecuentes que den por supuestas cosas ya sabidas".




Frente a la evolución cada vez más experimental del cine de Martín Patino, el de Vicente Aranda ha seguido el camino contrario desde que formó parte de la muy experimentalista Escuela de Barcelona con Esteva, Jordà, Grau, Portabella, Camino, Soler,  Suárez y el a mi entender merecedor de un recuerdo José María Nunes. Partiendo del vanguardismo ha acabado en el convencionalismo de prestigio con toda naturalidad. 

La entrevista se realizó con motivo del estreno en 1993 de “Intruso”, la última de la trilogía que en la entrevista se denomina algo así como “de pasión y muerte” y de la que también formarían parte “Amantes” (1991) y “Fanny Pelopaja” (1984), que personalmente es lo que más me ha interesado de su obra. Especialmente esta última, que en un principio dudé en ir a ver, porque me había gustado mucho “Prótesis”, la novela de Andreu Martín, en la que estaba basada, y desconfiaba de los cambios que leí que había introducido, entre ellos cambiar el sexo de uno de los protagonistas, haciendo mujer a quien hombre era. Cuando al fin la vi, salí convencido, convicción que mantengo, de que “Fanny Pelopaja” era probablemente la mejor película española de cine negro (un género, por cierto casi inexistente y despreciado en suelo patrio que, sin embargo cuanta con obra notables entre aquellas producciones catalanas de los cincuenta que firmaron Julio Busch, Rovira Beleta, Julio Salvador, Nieves Conde o los paródicos precedentes de Neville).

Avisado por el cambio de sexo que ya había realizado Hawks en “Luna Nueva” (1940) con tan excelentes resultados, no debería haberme hecho desconfiar tanto en de Aranda, por mucho que este fuera mucho más dramático que el del americano. La transformación del expresidario Miguel que protagoniza la novela en la expresidiaria Fanny que con singular sobriedad interpreta Fanny Cottençon en el filme, es lo que confiere al trabajo de Vicente Aranda una dimensión de pasión sexual abocada a la muerte que confiere su propia personalidad a la película y la singulariza del texto literario. Vamos con una secuencia que he podido rescatar y que, creo, resulta impactante.  







 EL PERIÓDICO. 15 AGOSTO 1993

La historia de Intruso, la última película de Vicente Aranda, que se estrenará en toda España el 3 de septiembre, parte de un encuentro fortuito: Luisa (Victoria Abril), casada felizmente con Ramiro (Antonio Valero) y perteneciente a la burguesía de Santander, se encuentra en un semáforo con Andrés (Imanol Arias), su primer marido, enfermo terminal, al que hace diez años que no ve y al que lleva a su casa a vivir. Los tres han sido amigos desde niños y habían prometido seguir juntos hasta el cielo. El reencuentro inicia el intento de una imposible vuelta a la inocencia del pasado y una relación pasional de amor y muerte que acabara de forma inesperada y terrible.

-¿Tiene esta película algo que ver con Fanny Pelopaja y Amantes, sus otras películas de pasión y muerte?

-En primer lugar, las tres tienen en común el mismo autor, que en parte soy yo, y es evidente que las tres tratan de combinar una situación en la que inevitablemente reaparecen con excesiva similitud determinados temas. Es un experimento que empezó con Fanny Pelopaja, sigue con Amantes y culmina en Intruso.

-En las tres hay un tema recurrente, que es una relación casi fatalista entre amor, pasión y muerte, contemplada en un triángulo amoroso.

-Lo que sí intento con estas películas es marcar que hay dos cosas que se potencian: el amor físico y el otro amor, al que se le pueden aplicar adjetivos distintos, pero que adquiere dimensión en cuanto se le pone pasión. Juntar amor físico y pasión es una bomba. El que lo ha vivido lo lamenta, pero no renunciaría jamás a ello. Con frecuencia comunico con gente, y es mi caso también, que, habiendo vivido una experiencia apasionada, obtiene resultados catastróficos, pese a lo cual no siente la necesidad de olvidar y, si pudiera borrar el pasado, no lo haría.

-Resultados tan catastróficos que acaban en la autodestrucción, por lo menos en sus películas.

-Generalmente, así es. Esa mezcla es una fuerza que, cuando no encuentra el canal por el que discurrir, que tiene que ser común con otra persona, tiende a golpear al que camina por ahí.
-Otro tema paralelo de la película es el de intentar recuperar el pasado y su imposibilidad.

-He procurado no hacer demasiadas referencias al pasado. Sólo hay un flashback, pero tenía que hacer constar de alguna forma que el pasado, que en este caso es la infancia, era fundamental para estos personajes, que habían vivido en un paraíso personal irrecuperable que les marcó. La protagonista intenta recuperar la infancia en la que los tres juntos habían sido felices, pero no se puede recuperar la inocencia de esa infancia.

-¿Hacer cine ayuda a conocer mejor las propias obsesiones?

- Sí, en muchos sentidos. En el cine es peligroso tratar de exponer la propia vida. Eso lo han intentado algunos con éxito, como Fellini, pero en general no funciona. Ahora bien, hay otro aspecto que sí tengo muy en cuenta, que afecta a mi comunicación con el público: una película debería ser una sonda que le descubra cosas al público y, de paso, también se las descubre al director.

-Con Victoria Abril e Imanol Arias ha trabajado en numerosas ocasiones. ¿Ayuda rodar con actores conocidos?

-A mí sí, porque cuando hablo con los actores, no les explico lo que tienen que hacer, sino que les explico mi manera de ver las cosas y escucho cuál es la de ellos. Al haber trabajado antes juntos se establecen unos códigos que facilitan mucho las cosas.

-Intruso es una película de un gran pudor en general y especialmente en las escenas de amor. ¿Por qué?

-Esto viene de Amantes, que fue una película con un alto contenido erótico. Al ver cómo funcionaba y la repercusión que tenía pensé que me habían puesto en la situación de rizar el rizo. Si yo hubiera hecho Intruso inmediatamente después de Amantes, el rizo me hubiera sido inevitable, hubiera tenido que pensar en los aspectos eróticos de la película de otra manera, con perjuicio para ella. Por eso hice en medio El amante bilingüe, donde ricé el rizo hasta llegar a la parodia. A partir de Intruso, mis incursiones eróticas, al menos en el cine, serán más matizadas, más cuidadosas, sin necesidad de establecer ningún tipo de reto ni inventar en ese sentido ninguna obsesión para los personajes.

-¿Va a hacer por fin La pasión turca?

-Sí, de momento estoy haciendo el guión y espero que la película esté lista para empezar a rodar en enero.

-Usted tiene fama de variar sustancialmente las novelas que adapta. ¿Se reconocerá en esta ocasión Antonio Gala en la película?

-Espero que sí. Me ha costado mes y medio hacer el primer guión, que aún tengo que seguir modificando, y espero que Antonio Gala reconozca su novela en él. Aunque ya le expliqué que, para hacer una película de hora y media con un texto que tiene situaciones, argumento y descripciones para hacer cinco o seis horas de cine, algo hay que quitar. Espero que La pasión turca sea suya, pero también haré todo lo posible para que sea mía.



Y como todas las despedidas, ahora llegamos a la parte más difícil de este cuelgue. ¿A ver cómo explicó yo por qué me resulta interesante y me caen profundamente simpático Mariano Ozores, paradigma de la españolada más zafia y grosera, cineasta descuidado y chapucero, tosco y pesetero? Quizás porque siendo verdad la mayor parte de los reproches que se le hacen y se le han hecho, veo en él y en parte de su trabajo (quizás pequeña, piénsese que dirigió, tres arriba, tres abajo, unas 100 películas) unos rasgos que me parecen que le distinguen y destacan entre los realizadores de su sexo y condición.

Ante todo, y este es el motivo primigenio de mi simparía por Mariano Ozores, está eso de que de raza le viene al galgo, y no por nada pertenece a una saga de cómicos tan ilustres como sus hermanos, José Luis, un actor que algún día será reconocido como uno de los grandes de la profesión, y Antonio, genio del nonsense patrio, su propio padre, el eximio don Mariano, que tantos personajes de justo sentido dejó en el cine español de los cincuenta, y su madre, Luisa Puchol, o sus sobrinas, la siempre ajustada Adriana, hija de José Luis, y Enma, cómica de raza, merecida hija de Antonio. ¿Qué queréis? Siempre me han gustado los profesionales que se transmiten el amor al oficio de padres a hijos, y estos siempre me cayeron fenomenal. Cuando tuve ocasión de entrevistar a alguno de ellos me confirmaron, como en el caso de Mariano, en esa simpatía.

Por otro lado, y dentro de las limitaciones que probablemente todos compartimos, encuentro en el cine de Mariano Ozores unas ciertas características de “autoría”, que van más allá de su condición de guionista-director. Por muy pobre que sea la veta de oro, en sus películas se pueden detectar unas constantes temáticas que de alguna manera componen una manera personal y propia de ver el mundo, que en el terreno ideológico circulan por el territorio de un cierto cristianismo social, bastante reaccionario en ocasiones, es cierto, pero en el que no faltan principios como la justicia, la equidad, y la rebelión del débil contra el poderoso, por mucho que el enfrentamiento acabe resolviéndose con un fraternal abrazo. Vamos, como un Frank Capra con Landa de macho celtibérico.

Sin embargo, en la terreno en que el cine de Ozores me parece más interesante, es sin duda en el sociológico, en la medida en que sus películas retratan una España que en momentos de sectarismo ideológico consideramos que no existía, pero que en verdad constituía una realidad. Por mucho que nos negáramos a verla, en el convencimiento de que “toda” España estaba contra Franco y de que “toda” España quería un país democrático, igualitario, culto e incluso socialista. La España zafia, inculta, gritona, moralista pero obsesionada con el sexo que prometían aquellos primeros biquines de las suecas y otras categorías femeninas foráneas existía, claro que existía. Y  una prueba de ello son los abundantes restos que aún ahora podemos detectar a nuestro alrededor cada día.

Por último, para que negarlo, lo que de verdad me arrebata del cine Made in Ozores en cualquiera de sus variaciones familiares es la absoluta falta de sentido del ridículo y del pudor, la desvergüenza absoluta y por derecho de algunas de las escenas que rodaron en su carrera. Ved una muestra:




EL PERIÓDICO. 7 AGOSTO 1993

Guionista y director de 99 películas que alcanzan éxito espectacular cuando se programan en televisión (los pasados jueves y viernes pudieron verse tres de ellas), Mariano Ozores marca una época de la historia del cine español que ahora se prolonga en sus series televisivas.

Su nuevo tele-invento es una alocada comedia titulada La tapa de los sexos, que constará de trece capítulos y cuyo rodaje se iniciará a finales de septiembre.

-¿Es la televisión una alternativa profesional a la crisis del cine?

-Sí, sirve para todos, no hay más que ver la cantidad de actores que presentan programas y además haciéndolo bien y con éxito. No se hacen la cantidad de películas necesarias y tampoco se hace teatro, por lo que la gente de la profesión se tiene que agarrar a la televisión, lo que tampoco es ningún desdoro.

-¿Cómo será su próxima serie de televisión?

-Se titula La tapa de los sexos y serán 13 capítulos de una hora que empezaremos a rodar a finales de septiembre. Trata de un sexólogo, que interpretará mi hermano Antonio. Trata de los avatares de ese sexólogo y su familia, más los de los pacientes que acuden a la consulta.
-Aparte de su hermano, ¿qué otros actores participarán?

-Espero contar con Florinda Chico y con mi sobrina Emma, que será la hija del sexólogo. Los demás aún no están decididos.

-Sus películas se reponen casi a diario en televisión y Taller mecánico se está programando por tercera vez. ¿A qué atribuye ese éxito?

-Siempre pienso en el público. Todo lo que yo he hecho lo he hecho pensando en que la gente lo viera; es lo que me ha motivado. Y las vieron mucho. En general, fueron películas que hicieron grandes taquillas. Después de eso pasan a TV y es natural, porque aquel público que iba a verlas en cine ahora está en sus casas viendo la tele, por eso tienen esa audiencia tan tremenda.

-¿No vive este éxito como una cierta venganza, aunque sea incruenta?

-Sé por dónde va, pero no, no hay ninguna venganza. Cuando los críticos me pegaban aquellos palos tan tremendos, las películas ya hacían grandes recaudaciones. Ya en aquellos tiempos yo estaba perfectamente compensado con el favor del público y ahora se repite ese fenómeno. Tenga en cuenta que Taller mecánico tuvo una audiencia media de 7.860.000 espectadores por capítulo.

-Vistas ahora, ¿no se puede hacer una lectura sociológica de sus películas que explicaría parte del éxito?

-El cine, no sólo el español sino todo, casi siempre es un reflejo de la sociedad en lasqué vive. Quizás por eso las películas adquieren con el tiempo el atractivo de la nostalgia por un tiempo pasado en los que las vieron en su momento y para los jóvenes tienen el atractivo de mostrarles cómo era la España que no conocieron, para saber qué es lo que se hacía y adivinar lo que no se podía hacer en aquel cine.

-¿También sus películas sufrieron la censura?

-Siempre. Todos teníamos problemas con la censura. Comprendo que Bardem, que es una excelente persona, muy valiente, que hacía cine comprometido y se jugaba el tipo cada vez que rodaba, tuviera problemas en aquella España, pero es que también lo teníamos quienes hacíamos cosas más ligeras, nada comprometidas. Mis problemas eran ridículos, pero existían, cortes absurdos que vistos ahora muestran cómo era aquello.

-Usted tiene fama de un trato exquisito con los actores. ¿Le viene de familia? ¿Qué es para usted un actor?

-Es probable que me venga de familia el respeto al actor, porque todos ellos lo eran, desde tiempo inmemorial. Los actores son para mí bichos, fenómenos de la naturaleza. Alguien que hoy se cree que es Otelo y mañana Hamlet no puede ser normal, de modo que hay que tratarlos como seres especiales. El 90% de ellos son muy buena gente, porque han llegado a la posición que ocupan pasándolas canutas. Es una profesión especial y rarísima que hace que quienes trabajan en ella sean gente muy abordable, muy sensible y disciplinada.

-¿Y su hermano Antonio?

-Antonio es un fenómeno especial, un hombre de una inventiva desbordante, que siempre está inventando, cuando trabaja y en su vida privada. En el rodaje no para, pero tiene la ventaja de que si le dices que algo no vale no se molesta en absoluto, aunque suelen valer muchas de sus invenciones. Es un actor con una personalidad totalmente distinta a la de los demás.

-¿Hay diferencias a la hora de hacer cine o televisión?

-Sí, porque en el cine el espectador no se mueve y en televisión se puede marchar a otra cadena o a la cama, a poco que le aburras. Hay que tener mucho cuidado a la hora de escribir guiones de televisión para que el público no se fatigue, por eso los americanos hacen series de media hora que es lo ideal para soportarlo sin cansarse.

-¿Existe una fórmula Mariano Ozores para televisión?

-En mis series utilizó un sistema que no es el americano, que es tener una historia general, que se desarrolla del primer al último capítulo, la de la familia protagonista y las personas que les rodean, y luego historias particulares en cada episodio que comienzan y finalizan en el episodio.



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