jueves, 21 de marzo de 2013


Labordeta en 1977. Inédito





Si la primera vez que la escuché lloré, no quiero ni pensar lo que sentirían Joaquín y Eduardo cada vez que le acompañaran en este estremecedor testamento. De lo que pensaba él ya no lo sabremos nunca, aunque en “Regular, gracias a Dios" ya nos dejó alguna pista de la dignidad con que se enfrentó a un final anunciado.



Estoy leyendo la magnífica biografía que Joaquín Carbonell ha dedicado a José Antonio Labordeta, un trabajo hecho desde el conocimiento íntimo, el cariño, el respeto y la buena documentación que me está emocionando por momentos.
Me viene al pelo la emoción para recuperar un viejo texto sobre el maestro. En 1976 ya se había muerto el generalísimo (Francisco Paulino Hermenegildo Teódulo Franco y Bahamonde Salgado Pardo de Andrade, os lo juro por mi madre que tan poco aprecio le tenía), y los cantautores parecía que comenzaban a ocupar un cómodo lugar al sol, que bastante sombra habían sufrido, en lo que añorábamos que fuera un nuevo Estado Español. Aprovechando el tirón, un editor me ofreció publicar un libro en el que se historiara y analizara la canción de autor en España. El trabajo constaría de varios volúmenes, de acuerdo a los distintos movimientos de canción, nacionales y para-nacionales. Me puse a la faena.
Al año siguiente, justo tras las primeras elecciones generales me trasladé a vivir a Canarias junto a Carmen Rosa Saavedra, con la que me  había casado cuatro años antes, que era isleña y que tanto me acompaño en este tiempo, y con Marina, mi hija. Desde entonces asumí con orgullo mi condición de godo-canarión de primera generación. Lo cuento no porque tenga la menor importancia en sí, que maldita sea la sonrisa de la Gioconda si la tiene, sino porque Canarias volverá a aparecer por aquí y porque, en este momento concreto, aquel traslado, unido a mi tendencia irresistible a la inconclusión de tantas cosas, especialmente las serias, y la quiebra de la editorial motivaron que los libros se fueron al garete.
Quedaron 400 folios mecanografiados, que me cuesta un ovario escanear para reproducirlos, y las maquetas de los volúmenes dedicados a Aragón y Andalucía, que durante todo este tiempo han permanecido escondidos en un cajón, del que sólo han asomado la cabeza cuando a algún amigo más constante que andaba en la escritura de algún libro sobre el tema le podía venir bien como documentación.
De aquellas maquetas salen las páginas siguientes que dediqué a Labordeta. He mantenido rigurosamente el texto original, como haré siempre, aún temiendo la chufla y el recochineo de los posibles lectores por la bisoñez que demuestra el escribano. Únicamente he cambiado algún adjetivo, claramente inadecuado, he suprimido repeticiones de palabras innecesarias y le he añadido comas (aunque quizás hubiera debido hacer como en los Episodios Nacionales le ordenaba El Empecinado a Gabriel tras haberle dictado una carta: “ahora pon unas cuantas comas seguidas y que cada cual las coloque en su sitio”. Aquí os las dejo por si acaso: ,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,, vaya, y unos puntos y comas y algún punto solitario, que nunca estarán de más: ;;;;;;;;; ……….
Eso sí, he reducido algunos textos de canciones, que entonces consideré oportuno reproducir enteras y que ahora me parece innecesario. Caigo en la cuenta en que el análisis toma más en consideración la parte temática y literaria que la musical, un defecto común a la mayor parte de lo que se ha escrito sobre la canción popular, tanto por mí mismo como por otros compañeros y amigos. Creo que es una consecuencia lógica en quienes, como yo, apenas teníamos y tenemos otra formación musical que la que se consigue llenándose los oídos con todas las notas que salen del gramófono. En un momento me pregunté ¿puede llamarse crítico musical a quien cree que un pentagrama es un tenedor con gusanitos pinchados? No fue sólo por eso, pero lo dejé. Prefiero considerar comentarios a mis paridas.Por cierto, fijaros el puntazo que le dan a las páginas originales el sistema de maquetación, a base, como ahora, de corta y pega, pero con papel, tijeras y cinta de pegar.
En fin, hay tanto Abuelo en mi memoria que tendré que seguir en el tema.


José Antonio Labordeta
Esta Tierra es Aragón

Fragmento del libro inacabado “Canción de autor en España”. 1967.


Según las enciclopedias y los libros de geografía que estudiábamos en él bachillerato, Aragón es una región compuesta por las provincias de Zaragoza, Huesca y Teruel; y según el folklore turístico-religioso de la postguerra que nos toco vivir, los maños llevan faja en el cinto, pañuelo al cuello, cachirulo y beben vino en bota; su dedicación principal es ver pasar el agua del Ebro hacia el mar, y su devoción se centra en la Virgen milagrosa del Pilar. Poco más nos ha sido dado a conocer a los no aragoneses de esa tierra y de su gente.
Lo terrible llegó cuando comprobamos que casi la totalidad de lo que nos habían enseñado sobre Aragón era mentira, que debíamos empezar de nuevo el duro ejercicio de aprender a conocer los paisajes, a distinguir a la gente. Que debajo de esa enunciación de las tres provincias se encierra una realidad dura, una tierra difícil y seca, un pueblo abocado al esfuerzo agotador o al exilio en busca de un trabajo mejor remunerado, una burguesía cerril volcada hacia Madrid y centrada en Zaragoza, una asfixiante y mediocre vida cultural, y una lucha política que no es nueva sino sempiterna. Como primer libro de texto de este aprendizaje hemos contado con la Nueva Canción Aragonesa.
Aunque no fuera nueva, pues ya en 1923 el pueblo aragonés había pedido un estatuto de autonomía que estuvo a punto de conseguir en 1936, la reivindicación autonómica ha sido el detonante de una lucha política que, aunque no se acaba en ella, sí que ha encontrado en la conciencia regionalista un puntal fundamental para su desarrollo. Conciencia regionalista y lucha política que ha venido creciendo de manera paralela a un importante movimiento cultural, del que la Nueva Canción es tan sólo una faceta, y que durante años se ha reunido alrededor de la apasionante aventura de la revista ANDALAN, nacida en 1972, y de la que ha surgido una generación de nuevos aragoneses, políticos, sociólogos y artistas, centrados en su tierra como preocupación fundamental. Es la generación de, entre otros, Vicente Cazcarra, Eloy Fernández
Clemente, Mariano Anos, Emilio y Enrique Gastón, Mario Gaviria, Anchel Conté, Guillermo Fatás, Mariano y Juan Antonio Hormigón, Luis La Sala y José Antonio Labordeta.

«José A. Labordeta es muy importante en el renacer de Aragón porque su arte llega a los demás. La historia nos da numerosos ejemplos del gran papel jugado por poetas y trovadores, que fueron los mensajeros de la auténtica comunicación del pueblo. De ninguna otra forma se llega más a los sentimientos y al alma de una persona que a través de la palabra y la música, a través del mensaje de la palabra. El cantante popular me produce una gran admiración y respeto, y hay que alentar a que salgan más cantantes que hablan de los problemas del pueblo y de la realidad en cada día».
PABLO SERRANOAndalán»)

«Labordeta pertenece a un distinto género de cantantes de nuestro país. No es ni una estrella, ni un divo ni nada que se le parezca. Es un hombre, un poeta, un escritor, un profesor de Segunda Enseñanza, un compositor que viene de abajo, y que abajo quiere permanecer, dando todo lo que puede a sus compañeros, a sus coetáneos».
ALVARO FEITOTriunfo»)
 En absoluto son gratuitas estas dos citas sobre José Antonio Labordeta, porque ambas están totalmente acertadas en la valoración del canto y del cantante. La importancia de Labordeta como dinamizador, no sólo de la nueva canción aragonesa sino también del renacer de la conciencia regional de Aragón en general, es fundamental e indiscutible.
Profesor de Instituto, novelista, poeta, publicista, cantante. Su nombre ha estado presente en cuanta aventura poética, musical o política ha tenido lugar en Aragón en los últimos veinte años. Su primer libro, editado en 1959, era ya una muestra de las posibilidades de un joven poeta que comenzaba a despuntar en una Zaragoza áspera, inhóspita, integrista, encerrada en sí misma y entregada a la práctica del más cerril de los «folklorismos», de la que ni siquiera la rebeldía genial, creativa, de un Miguel Labordeta, una de las más hermosas voces de la lírica de postguerra, y hermano de este José Antonio que ahora nos ocupa, podía constituir un revulsivo.
Sin embargo, la poesía no era un vehículo suficiente para cumplir la función de comunicación inmediata con un público mayoritario, y el poeta se transforma en cantante durante su estancia como profesor en Teruel en 1965, aunque no fuera hasta 1968 cuando grabó su primer disco, un sencillo de cuatro canciones, en la grabadora madrileña  EDUMSA, y aunque tuvieran que transcurrir ocho años de silencio discográfico hasta que en 1964 editara su primer LP. Durante todo este tiempo y hasta hoy, Labordeta ha simultaneado las dos actividades, publicando libros de posmas y escribiendo canciones que ha ido cantando por todo Aragón y grabando en sus discos, sin caer en la equivocación de mezclarlas y confundirlas, sino estableciendo claramente diferencias funcionales y formales: «Poesía y canción tienen unas reglas propias, diferentes. La poesía se presta más a la creación y a la investigación de estilo y lenguaje. Una lectura o un recital de poemas son más propensos a la reflexión. La canción, en cambio ha de ser fácilmente comunicable y comprensible con el acompañamiento de una música adecuada» (entrevista con Mel Lloverás en ORIFLAMA, junio 1973). Estas diferencias están claramente presentes en la obra de J. A. Labordeta y ello redunda en diferencias formales fácilmente rastreables a lo largo de su obra: mientras que en los libros utiliza preferentemente el verso libre, con una acentuada carga conceptual y simbólica, en la canción prefiere el verso perfectamente estructurado, y rimado, como no podía ser de otra manera, con el que cuenta historias definidas y concretas, sin más referencias y objetivos que las que se explicitan en el propio texto, potenciados por las músicas correspondientes. Sin embargo, bajo esta simplicidad hay un amplio conocimiento del oficio poético y un trabajo meditado, que da como resultado textos en los que no sobra ni falta una palabra.
Quizás la mejor manera de comprobar esto sea comparar un par de ejemplo que a partir de una misma idea dan como resultado un poema o una canción:
Utilicemos primero dos textos dedicados a sus hijas en los que también reflexiona sobre su condición, su trabajo y sus esperanzas:
ÉRASE UNA VEZ (Para Paula).
Del libro “Tribulatorio”. Colección Fuendetodos. Editorial Javalambre.  Zaragoza, 1973.


Te escribo Paula
aún ahora aún a tiempo
de no saber del llanto del día presuroso,
de las manos marcadas,
de los gritos con flores
para sacar al hombre de su ahogo

Paula,
Pequeña y diminuta,
el otoño se vence  por  su  margen izquierda
y mañana te acaricia.

Los amantes
se besan en las calles
y de retorno a casa
me entero que le han dado a Neruda
el Premio Nobel.
Hoy soy feliz por ti
Por tantas cosas…

CANCION DE CUNA SOBRE LA TIERRA ESTÉRIL (Canción)
Quisiera cobijarte
en una cuna
cubierta de abalorios
lluvias y luna.
Tan solo tengo mis manos
ajadas manos,
trabajadas por soles
vientos y barros.

Quisiera, darte aliento
con voz y canto,
pero la voz se pierde
bajo el espanto
de las noches de frío,
de ausencia grande,
mientras el canto acude
junto a tu padre.

A tu padre que escribe
duros renglones
desde lugares hoscos
donde los hombres
trabajan duramente
porque perdida
y estéril es la tierra
de nuestra vida.

(…)

O estas otras dos, que pertenecen a lo que podríamos llamar «poesía de la memoria», en las que rememora su infancia, su juventud, los años sombríos de postguerra, recurso que Labordeta apenes ha usado en la canción, pero al que acude frecuentemente en la poesía.

¿…? (Poema)

El mapa impenitente de Europa
colgado --vivo o muerto-- goteando lejano en la ventana
al compás --día y noche-- de los gritos y risas
y pájaros caídos en una playa humilde
al sur de Normandía


ROSA, ROSAE (Canción)
Rosa, Rosae
y también el valor de pi
y el recuerdo final
por los muertos
de la última guerra civil
así, así, así crecí.

…………………… (en el original falta una página, así que resulta complicado entender el párrafo siguiente)

En ambos textos parte de una misma imagen escolar (el mapa o la declinación), para ir luego a imágenes de las influencias más íntimas y personales en el poema, más generales y colectivas en la canción, dando una distinta valoración del padre, liberal y dubitativo --el suyo propio-- en el poema, simplemente miedoso --más cercano al término medio español-- en la canción.

Entrando de lleno en la problemática que plantean sus canciones, caben unas palabras más sobre el aragonesismo de José Antonio Labordeta, sobre su amor en la tierra, el paisaje y a la gente, que queda patente en la insistencia temática en los campos de Aragón, dando lugar a la creación de un mundo propio, personal y colectivo al mismo tiempo, en el que se mezclan la aridez de la tierra, la dureza de la emigración y la lenta extinción de los pueblos en la inútil espera de unas soluciones que nunca llegan. Ese mismo amor está también presente en la constante referencia musical a los ritmos folklóricos de su tierra.  Cuando tan cansados estábamos de esa imagen de tarjeta postal del maño con su pañuelico y su botica, cuando la jota no era sino un reducto de lo mas zafio y falsamente folklórico, tan ajeno, las canciones de Labordeta, con su acercamiento a la jota, con su voz ronca, con su utilización de estrofas populares, nos resultan totalmente cercanas y sentidas.
Álvaro Feito en la revista OZONO (Julio/Agosto 1976) hacía una división temática de las canciones de José Antonio Labordeta en cuatro apartados: El paisaje, el hombre, la solidaridad, la participación. Aunque estos cuatro apartados sean los fundamentales y en ellos pudiera resumirse toda su producción musical, por motivos de ciertas matización, y partiendo siempre de lo difícil que resulta la clasificación de la obra artística, he aglutinado y ampliado estos apartados de base en otros cinco que quizás puedan permitirnos una mayor flexibilidad a la hora de comprender las preocupaciones y los móviles que arrastran a J. A. Labordeta a componer canciones:
EL PAISAJE, EL HOMBRE. Relación entre el hombre y el paisaje: el trabajo. Este es, sin duda, el apartado que incluye mayor número de composiciones y la temática sobre la que más se ha centrado. Principalmente el trabajo de Labordeta durante sus ya largos años de compositor y cantante. Ya hemos hecho referencia más arriba a la relación que mantiene el cantante con su tierra; si aquí hemos resumido en uno dos apartados, y le hemos añadido un subtítulo es porque resulta imposible separar un tema y otro, que en la obra de Labordeta tienen unas connotaciones innegables y que están unidos por una trama de relaciones y de dependencia irrompibles. Hablar del paisaje en Labordeta es hablar del hombre, y hablar de uno y otro trae como connotación más inmediata el trabajo, las relaciones de producción que mutuamente los justifican. En la más conocida de sus canciones Labordeta define con la economía de medios que le caracteriza, lo que le confiero una eficacia aplastante, el marco en el que va a desarrollar su obra, que es en el que está desarrollando su vida. Para evitar digresiones inútiles, la obra se titula simplemente «Aragón»:

Polvo, niebla, viento y sol,
y donde hay agua uña huerta.
Al norte los Pirineos,
esta tierra es Aragón.

(…)
     
Esta imagen casi fotográfica de la tierra que ofrece, esta definición, implica, en su objetividad, la raíz de una toma de postura que ira desgranando en sus siguientes canciones. Pero Labordeta sabe que el problema no es de la tierra sino de la utilización de la tierra, y en una composición posterior centra el problema en sus justos términos como un paso más de su discurso narrativo: La canción es «Cantes de la tierra adentro», y en ella es de destacar la perfección, podríamos decir «casi científica» del texto. Aunque Labordeta no se lo haya propuesto conscientemente (de habérselo propuesto hubiera escrito un artículo o un libro de ensayo), en esta canción está presente una claridad ideológica y un rigor de análisis que es, quizás, una de las características más difíciles de encontrar en este tipo de temas. Veamos: si la historia avanza en forma de espiral (de hélice, dirían 1os más perfeccionistas) esta composición es una explicación  músico-literaria de ese axioma. Y vamos a pasar a ello, aunque debamos trocear el texto:
Parte la  canción  de la tierra, del paisaje:
“Somos de la tierra adentro
somos de la piedra y cal.
Somos de la ontina rota,
del viento y la soledad.”

El paisaje, la tierra, crea la idiosincrasia y el carácter del hombre:

“Somos gente que no pide
y que tampoco le dan”

Pero además la tierra produce beneficios, riqueza:

“Tenemos abetos altos
agua y electricidad”

Qua  al no ser aprovechada por quien la crea, produce la explotación, la plusvalía:
Como somos tan gentiles
a otros les van a parar.
Y los lignitos de Andorra
Los explotan y se van”.


Una situación que genera su propia contradicción, arrastra a la lucha y la solidaridad facilitando la toma de conciencia:

“Une tus manos conmigo,
une tu mano y verás
cómo los que nunca oyeron
empezarán a escuchar.”

Lo que hace posible volver a la tierra, a la situación del principio pero en una órbita superior, haciendo que los saltos cuantitativos se acumulen y den lugar al salto cualitativo.

“el agua será del yermo,
la tierra de cada cual.”

José Antonio Labordeta es profesor de historia, eso está claro, pero es también evidente que es un magnífico poeta.
Dentro, de la relación señalada entre hombre-paisaje-trabajo hay una constante que se repite con cierta periodicidad en estas canciones: es la imagen machadiana del camino. El camino como espacio físico para ir de un sitio a otro:
Por el camino del polvo
va en dirección a la era,
lleva los granos de trigo
que ha salvado de la tronera”.
(«Por el camino del polvo»)

Que también a veces es accidente del paisaje:

Por las secas barranqueras
bajan la piedra y el barro
hasta ese cauce pequeño
por el que camina un carro.
Cauce donde veinte ovejas
observan en el estío,
y cuando la nieve crece
cauce que se hace hasta el río”.
(«Por el camino del polvo»)
Pero que es también sendero por el caminan los hombres hacia destinos precisos: el trabajo:
Camino de la ciudad
van los leñeros.
Bajan leña, bajan fuego,
bajan hambre y soledad”.
(«Los leñeros»)

Dónde se van,
cuando la noche llega
invadiendo el olivar.
Dónde se van,
con su frío y su cansancio
y su lento caminar.
Dónde se van.
contra el cierzo
y contra el hambre,
contra el duro trabajar.”
(«Dónde se van»)

Caminos que conducen a la emigración:
Sí en algún camino encuentras
gente con la casa a cuestas
no les hables de su tierra
que te mirarán con rabia.
Con rabia en la voz y el viento,
con rabia en sus palabras,
con la rabia que produce
abandonar lo que se ama....
Se irán por viejos caminos
igual que se marcha el viento
irán sin norte ni rumbo,
como galeones muertos”.
(«Ya llegó la Sanjuanada»)

E incluso el oscuro camino de la muerte:

De un lado a otro del pueblo
 a pesar de todo andas
para ver dónde te tumbas
y nunca más te levantas”.
(«Por el camino del polvo»)

El amor a la tierra, al paisaje y, naturalmente a los hombres que viven en ella, lleva a J .A. Labordeta a establecer en «Me dicen que no quieres» una relación entre poeta y tierra casi amatoria, en la que ésta es un ser vivo, capaz ele sentir y desear:

Me dicen que no quieres
que te cortejen,
pienso que lo que quieres
que te festejen.
Que te festejen tierra
de los Monegros,
pues al paso que vamos
todos pa yermos
 («Me dicen que no quieres») Musicada y cantada por La Bullonera.

También hay otro paisaje en las canciones de Labordeta, el urbano, pero que como en este caso de “Cuando cierra el domingo, es en buena medida una añoranza y un dolor por el paisaje perdido del pueblo abandonado al emigrar a la ciudad:
Cuando cierra el domingo
la jornada final,
a pedazos de rabia
vuelve al hogar. A esperar a mañana
para trabajar.
En la solana tibia
del mediodía,
recordando las gentes
de aquellos días
cuando en el pueblo había
flor y semilla”.
(«Cuando cierra el domingo»)

Pero en otras ocasiones, como en algunas de sus canciones satíricas que veremos más adelante, la ciudad aparece más asumida, llegando incluso a variar la forma musical de la canción alejándose de las formas populares, como en «Paisajes urbanos, días escolares», en la que a partir ya del significativo título narra la detención policial de uno de los alumnos:

Hoy no ha venido a clase
Ramón Cabeza
y al preguntar por él
sus compañeros
me han mirado con rabia,
con tristeza.
Me dicen que su madre
también pregunta
y que su padre apenas
la pena oculta,
luego me dicen que
ayer lo vieron
con frases en la mano
de puerta en puerta».

LIBERTAD, SOLIDARIDAD, PARTICIPACIÓN. Es el segundo gran bloque temático que se puede en el conjunto de canciones de José Antonio Labordeta. Textos volcados a la expresión colectiva del canto, en el que los problemas, aún partiendo en su origen de las gentes y las tierras de Aragón, se generalizan, se convierten en universales y dan paso al canto colectivo, a la marcha, al himno.
Aquí queda patente la concreción de que la historia es de todos, un esfuerzo común en el que es necesario participar de forma colectiva:
No te quedes en la puerta
entra hacia adentro
que de la cocina al fuego
es tuyo, es nuestro”.
(“No te quedes en la puerta”)

No te quedes en el fuego,
que no,
que no es cosa de dormir,
átate las alpargatas,
que sí,
que si es cosa de seguir»
(«Coplas de Huesca»)

Canta compañero canta,
que aquí hay mucho que cantar,
este silencio de hierro
ya no se puede aguantar”.
(«Canta compañero canta»)

Un modelo que culmina en otra de las canciones más significativas del autor, “Canto a la Libertad”, convertida ya en himno, en grito colectivo que escapa del disco o del recital, que deja de pertenecer al cantante para convertirse en patrimonio común.

Habrá un día en que todos,
al levantar la vista
veremos una tierra
que ponga libertad…


CANCIONES DEL RECUERDO, Testimonio Generacional. Ya nos hemos encontrado más arriba con este tema, y hemos visto cómo se centra fundamentalmente en su obra poética. Pero también se encuentran a veces en su obra musical temas como «Canción de cuna sobre la tierra estéril» o «Rosa, rosae» cuyas letras hemos reproducido más arriba. Son un intento de encontrar las propias señas de identidad, las que distinguen al individuo, pero que son también propias de toda una generación. Es en este punto donde inciden las canciones de Labordeta, en lo que podríamos denominar «testimonio generacional», que por otro lado nunca se presenta de manera directa sino bajo diferentes prismas. En algunos casos como consideración ante el tiempo presente:
Serenamente hablando digo hoy,
que el viento bonancible
no ha llegado todavía,
……………..
Serenamente hablando digo hoy,
hermoso es contemplar
quien sigue en la alegría...”
(«Serenamente hablando»)

En otras ocasiones toma la forma de canción de amor, un amor que no deja de ser personal, pero que se llena de resonancias comunes con un tiempo y una historia que forzosamente lo han condicionado:

El amor es el silencio
la palabra guardada en el pecho
es el mar batiendo contra el mar
son las islas halladas entre la soledad.
Son palabras al viento
huracanes de luz
vendavales de llanto
ríos de juventud
o tan sólo unas manos
unidas a tu voz
(«Canción de amor»)

Cubriré con mis manos
los campos que anduvimos
cuando como la tarde
fugaces recorrimos .
Cubriré con mi frente
los recuerdos más nimios
para que un día juntos
volvamos a encontrarles”.
(«Poema de la ausencia nº  I») No grabado en disco.

Pero donde está más claro y explícito este tema, donde más presente se encuentra la voz de una generación rota, machacada por una guerra feroz en la infancia y una existencia gris y represiva en la adolescencia y en la juventud, es en “Ya ves”, canción de su segundo álbum, que no inútilmente llevaba en un principio el título de “Melodía testimonial”:

Ya ves
que vamos avanzando
cumpliendo este camino,
no lo sé,
ya ves
….

Ya ves
que hemos ido surgiendo
de inciertas duras voces
de desesperación.”
 («Ya ves»)

Son éstas las canciones menos directas, las más elaboradas musicalmente, y las que más trabajo le cuesta a Labordeta incluir en sus discos, pues parece que sistemáticamente se resiste a ello, aunque lentamente van ocupando su puesto en los nuevos LP’s: dos canciones aparecían en «Tiempo de espera» («Ya ves» y «Canción de cuna sobre la tierra estéril») y cuatro encontramos en «Cantes de la tierra adentro», su tercer disco grabado, («Canción de amor», «Serenamente hablando», «Rosa, Rosae» y «Puesto que el joven azul», que aunque por ser letra de su hermano Miguel hemos colocado en otro apartado, temáticamente podría ir aquí). Sin ninguna duda en este apartado se encuentran algunas de las mejores canciones de Labordeta, y éste puede ser un fructífero camino de evolución formal y temática del cantante.
CANCIONES SATÍRICAS. Está suficientemente probada la dificultad que entrañan las canciones satíricas para un compositor. A un paso de la demagogia, el chiste y la salida coyuntural, la canción satírica ha de ir acompañada de una cierta carga de humanidad, que rompa la simplicidad y el tópico en que a menudo caen este tipo de canciones, incluso de los mejores autores.
Aunque con aciertos parciales y con evidente éxito ante el público, aquí se encuentran algunas de las, a mi parecer, más fáciles (en el sentido peyorativa del término) canciones de Labordeta. Su facilidad para versificar hace, al menos, que sean canciones bien construidas, lo cual ya es un aliciente, pero no impide una cierta superficialidad en el tratamiento de los temas y, sobre todo, una gran simpleza musical. Esto queda totalmente patente en ciertos temas que ya Labordeta ha dejado de cantar regularmente y que pertenecen a su primera época, como «Réquiem por un burguesito», «Palabras» o «La fuerza de la razón». A otros temas como «Meditaciones de Severino el sordo» o «Coplas de Santa Orosia», los salva el carácter popular y festivo de la composición, y en «Parábola (al modo brechtiano) del Milagro de Lamberto» está plenamente conseguido: la contundencia del texto, el modo de «parábola» utilizado y la frescura del verso lo hacen posible:
El milagro de Lamberto
fue anti-imperio romano:
anduvo unas cuantas leguas
con la cabeza en la mano.
Lamberto por propia pie
se enterró con Santa Engracia,
los dos habían caído
por querer la democracia”.

HISTORIAS Y HOMENAJES. Breve, pero enjundioso capítulo en esta clasificación de canciones de José A. Labordeta. Breve porque en él se incluyen pocos temas, y enjundioso porque todos ellos, sin excepción, son magníficos.
Algunas de las canciones aquí señaladas podrían estar también dentro del apartado que hemos titulado «Canciones del recuerdo» porque a veces tratan ese tema, pero aquí el recuerdo aparece volcado sobre personas en concreto, y eso les confiere un estatus especial.
Tres homenajes ha dedicado José Antonio Labordeta a su hermano Miguel, uno poniendo música a uno de sus poemas, el titulado «Puesto que el joven azul de la montaña ha muerto», que incluye en su tercer disco, recitando otro de sus poemas en el cuarto álbum en directo, y dedicándole la canción titulada «El poeta», de su primer álbum:
El quiso ser
palabra sobre el río al amanecer,
y caminó
por viejas esperanzas que nadie entendió.
Dejó después
la mano entre las manos y se nos marchó.
con un suave silencio
que el viento rompió.”

En «Canción para una larga despedida» es el personaje colectivo el que se reivindica, es a la masa anónima del exilio a la que se canta:

“...Nadie escribió
tu nombre en las paredes
ni nadie habló de ti
con voz de llanto.
Te fuiste al polvo,
humilde y campesino
como una acacia vieja
al borde del camino...”

Si en «Homenaje a Víctor Jara hace una incursión internacionalista, en «Carta a Lucinio» y «La vieja» da una muestra de las posibilidades dramáticas y narrativas de sus canciones. En ambos casos el verso del poeta está impregnado de un profundo amor y un hondo dramatismo que ralla con el fatalismo:
Algunas veces pienso
ir al pantano
y cuando esté bien lleno
tirarme dentro
y hundirme a estar contigo
como hace tiempo”.
(«Carta a Lucinio»)

Siendo en «La vieja» donde probablemente se encuentran las imágenes más vigorosas de toda la obra poética de Labordeta, mostrando ese apego a la tierra, ese amor a la tradición verdadera, a las raíces de la:

Siempre te recuerdo vieja,
sentada junto al hogar,
acariciando la lumbre
la cadiera y el pozal.

La tristeza de tus ojos
de tanto mirar,
hijos que van hacia Francia
y otros hacia la ciudad.
Miguel dice que va bueno
y parió la del Julián.

Tú te quedas con tus muertos
rezándoles sin parar,
pensando que en esta vida
sólo se puede llorar”.

Esta complejidad temática y esta riqueza literaria que hemos visto, están expresadas a través de una apoyatura musical extremadamente simple, aunque esto no haya de constituir necesariamente una constatación negativa, ya que, a excepción de algunas de las canciones satíricas, bajo esa simplicidad se encierra una gran belleza melódica, y sobre todo un concepto compositivo particularmente cercano a la música popular y folklórica, en donde la sencillez es el resultado de los objetivos a obtener y no de la pobreza de inspiración.
José Antonio Labordeta no es un cantante de folklore, pues nunca canta temas populares, y sólo en contadas ocasiones utiliza palabras, ritmos o melodías populares, insertas dentro de sus propias composiciones o que sirven como punto de partida a su inspiración (tal es el caso de la melodía con que comienza “Canta compañero,  canta”, las estrofas de jota incluidas en «Dónde se van», y en «Todos repiten lo mismo» o los versos que abren «Canción de amor». No obstante sí que podríamos afirmar de él que en muchas de sus canciones es un auténtico creador de folklore, en el doble sentido de identificación con un sentimiento popular colectivo y en el de utilizar unas pautas, unas formas de composición, que entroncan directamente con la música popular.
Esta relación entre su música y el folklore, quien mejor puede explicarla es el propio Labordeta y por eso vamos a utilizar sus propias palabras: “Las canciones que canto son mías, pero son también tradicionales. Es decir, que algunas son elaboraciones propias a partir de jotas populares. Hay una idea bastante superficial de la jota. En general, se conocen únicamente las jotas alegres, las jotas de baile. Pero la jota es una manifestación global de la gente de Aragón. La jota es alegre, triste, vital... reflejo de todos los estados de ánimo. Hay unas jotas, de trabajo francamente maravillosas. Unas, por ejemplo, que cantaba la gente en la recogida del azafrán, que cantaban a la fuerza, ya que se lo mandaban los patrones para evitar que se durmiesen, porque se comenzaba a trabajar todavía de noche. Hay otras muy buenas que cantaban las mujeres de Teruel mientras transportaban piedras en la construcción del ferrocarril. En las  jotas el pueblo aragonés ha expresado alegrías, tristezas, problemas, esperanzas, rabias, impotencia... «Ya llegó la Sanjuanada», por ejemplo, expresa bajo una apariencia amorosa todo el drama de la emigración. Dicen los primeros versos: «Ya llegó la sanjuanada/ ojalá no llegara/ se han marchado mis amores a segar a la ribera»” (Entrevista con Mal Lloveras).
Este es el punto fundamental, yo no iría sólo de las canciones de Labordeta, sino incluso de su propia experiencia vital, su propia razón de existir y de volcarse en canciones. No en vano su repetidamente remarcada admiración por Violeta Parra, con la que le une más de un punto de contacto.
Claro está que la riqueza musical de las canciones de Labordeta está (especialmente en los discos) íntimamente ligada al trabajo de los arreglistas que con él colaboran en las grabaciones. Dejando fuera por falta de significación su primer disco sencillo, puede encontrarse en sus tres LP’s una afirmación creciente en este sentido. Si en el primero («Cantar y callar». 1974) se podían apreciar ciertos fallos en algunos acompañamientos, debidos fundamentalmente a faltas de comprensión del fenómeno que suponía la aparición de un cantante como Labordeta, en los tres siguientes («Tiempo de espera», 1975, «Cantes de tierra adentro», Í976, y «Labordeta en directo», 1977), estas limitaciones están ya subsanados y los arreglos; debidos en todos los casos a Alberto Gambino, suponen una profundización en el sentido popular de las canciones, un enriquecimiento musical sin tergiversar la idea primaria de respeto a la economía expresiva y a la eficacia directa de las composiciones. Eso, unido al incremente, de canciones urbanas, más complejas, en su repertorio y a la utilización de un grupo de acompañamiento (Javier Más, guitarra; Luis Fatás, viento, y Jorge Sarraute, contrabajo) en algunos de sus últimos recitales en el otoño de 1976, hacen predecir una interesante evolución en la línea musical de José Antonio Labordeta.


En mi vida me han confundido con mucha gente. Es lo que se llama ser repetido de cara. Hace tiempo con Vázquez Montalbán. Con Gato Pérez cuando me calcé sombrero. Y durante muchos años, muchas veces, cientos de veces me tomaron por Labordeta en media España, Zaragoza incluida, y parte del extranjero. De todos los confundidos, ninguno me hablo mal de José Antonio jamás, y cuando sabían que le conocía siempre me daban recuerdos para él. Comprobé en primera persona el cariño y el respeto que por él sentían gentes de toda condición, clase, origen, sexo u edad. En la foto estábamos, entre el cachondeo de los compañeros, en la puerta de TVE, en la presentación de algún “País en la mochila” y nos hicieron esta foto para desmentir el infundio.

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