Biografías impersonales. Relato.
Dibujo de Pedro Azcona |
1
Si
le preguntabas, jamás sabía si era ayer u hoy, nunca había tenido sentido del
tiempo. No llegaba a pensar que los elefantes fueran rosa y las palmeras de
cartón, como en los dibujos animados, pero siempre había vivido como si la vida
fuera un globo aerostático flotando en el espacio sin saber dónde queda el
detrás y el delante, arriba y abajo. Cuando hizo la primera comunión pensó que
se estaba casando, y cuando se casó no pensó nada porque nunca se había casado.
Ya no se acordaba cuándo llegó a la gran ciudad, sólo que le habían sorprendido
aquellos carros que andaban con mulas, que cuando supo que no eran carros, sino
tranvías, les perdió el miedo, aunque nunca llegó a explicarse eso de que las
mulas trotaran por un cablecito colgado del cielo. Jamás le engañaban en las
cuentas, ni siquiera Carlos, el camello con la cicatriz en la mejilla, que
siempre quería mangarle un paquete de Winston. Una vez soñó que era alto como
John Wayne y que taladraba con una bala el malvado corazón de un forajido con
látigo de mango de plata. Era la única vez que había ido al cine y no le había
gustado la película. Cuando hablaba con La Rebelde del último culebrón de la tele
siempre se le excitaban los nervios y parpadeaba muy deprisa mientras se
frotaba las manos. Por la noche contaba el dinero que había ganado a lo largo
del día y lo guardaba en la caja metálica que había heredado de su madre. Nunca
se olvidaba de cerrarla con una llave pequeñita que se colgaba del cuello.
Evaristo Sánchez Suárez.
Setenta y dos años, natural de Fresneda de la Sierra , provincia de Cuenca. Uno cincuenta y
cuatro de estatura, cuarenta y siete kilos de peso. Cerillero. Sin familiares
conocidos.
2
Lo
que más le gustaba en el mundo eran los seriales de televisión, los amores
apasionados y desgraciados, las hijas que no conocían a sus padres, las madres
que odiaban a sus hijos, los maridos que mataban de amor y las doncellas que se
consumían de pena ante los ojos azules del señorito. Tenía una vida en color y
veinticuatro pulgadas y un terrible dolor de pies cuando por la noche se
quitaba los zapatos y los tiraba de una patada debajo de la cama con sábanas
rosas. Los zapatos eran tres números más pequeños de lo que calzaba y al
izquierdo le sobresalía en el tacón un clavo que le había roto la media.
José María Pérez Avilés.
Veintiocho años, natural de Ciempozuelos, Madrid. Uno setenta de estatura,
sesenta y cuatro kilos de peso. Sin profesión conocida. Familiar más cercano:
su madre Josefa Avilés Castro.
3
Lloraba
cuando tenía hambre, cuando tenía frío y cuando estaba mojado. Cuando abría los
ojos siempre miraba al sol y lloraba. Aún no sabía que el sol es un amigo de
amor imperdonable.
Jacinto López Escudero.
Siete meses de edad. Nacido en Madrid, hijo de Manuel López López y María
Dolores Escudero Sánchez.
4
Una
vez, de pequeño, fue al pueblo de su madre y descubrió que el trigo se segaba
en verano, los olmos daban larga y buena sombra y en la era se dormía mirando a
las estrellas mientras el viento daba a las nubes formas de coches o de cabras.
A los catorce años dejó la escuela porque le gustaba más el fútbol que los libros
y entró a trabajar en una fábrica de tubos fluorescentes. Se fue de putas una
noche de noviembre y se corrió antes de meterla. Cuando hizo la mili conoció a
un torero de Écija que era mariquita, y aunque el torero insistió, el no cedió
“porque era muy hombre”. Se casó con Carmen y desde entonces había sido un
marido fiel. Había trabajado en tantos talleres que los aprendices, por lo
bajinis, porque él ya era oficial, le llamaban el tránsfuga. A veces
sentía un dolor en el pecho que ahuyentaba tomando una caña de cerveza y
eructando con fuerza. Le gustaba acariciar a los niños, ver los partidos del
Real Madrid y asar sardinas a la lumbre. Mientras esperaba a que el pipero y el
travesti acabaran de hablar de Cristal miró al cielo por si divisaba
alguna nube de formas caprichosas. Fue el único que supo que iba a morir.
Mariano Pinto Barrera.
Cuarenta y seis años. Natural de Valladolid. De profesión mecánico. Casado con
Carmen Fernández Álvarez y padre de dos hijos de veinte y doce años de edad.
Tres adultos y un niño
fallecen al caer un piano desde un cuarto piso
Un pipero de setenta y dos años, un travesti de
veintiocho, que en aquel momento hablaba con el primero, un mecánico de
cuarenta y seis, que se disponía a comprar tabaco, y un niño de siete meses
que pasaba al lado en un cochecito, fallecieron ayer frente al número 49 de
la calle de Augusto Figueroa al caer sobre ellos un piano arrojado al vacío
desde el cuarto piso de la finca. La madre del niño, que empujaba el cochecito,
resultó milagrosamente ilesa. Al entrar la policía en la casa desde la que
había caído el piano la encontró vacía. (Madrid.IPI)
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